COLUMNAS DE OPINIÓN: El Político
COLUMNAS DE OPINIÓN: El Político Opinión El Político Aristóteles lo llamó phronesis: la sabiduría práctica de quien gobierna para el bien común. Cicerón exigió que el estadista antepusiera siempre el interés público al privado. Weber distinguió entre quienes viven para la política y quienes viven de ella.
Hannah Arendt sostuvo que la acción política era la más elevada de las actividades humanas porque ocurría entre iguales, en el espacio público, con coraje. ¿Cuánto de eso queda? ¿ Qué le pasa a la política y a los políticos en nuestro país? Los datos son implacables.
El investigador de la Universidad de Southampton, Viktor Valgardsson y otros colegas publicaron el año pasado en el British Journal of Political Science un estudio que analizó más de cinco millones de encuestados en 143 países y determinó que la confianza en parlamentos y gobiernos ha caído sostenidamente desde 1990 en las democracias del mundo. Lo notable es que la confianza en otras instituciones -como la policía-subió en el mismo período. El problema no son las instituciones en general. El problema es cómo se practica la política. Chile es un caso extremo. Según la Encuesta CEP de 2025, apenas el 3% de los chilenos confía en los partidos políticos. Tres por ciento. El Congreso alcanza un 8%. Mientras tanto, la PDI, las universidades y Carabineros superan el 50%. La ciudadanía no ha perdido la capacidad de confiar; ha perdido la capacidad de confiar en quienes la gobiernan. Y aquí aparece el personaje más revelador de la crisis: el resignado. La Encuesta ICSO-UDP 2025 identificó que el 36,3% del electorado chileno-el grupo más numeroso-vive la política desde la rabia, la desesperanza y la indiferencia. No son apáticos por comodidad. El caso más llamativo es el de las mujeres jóvenes y adultas de sectores vulnerables quienes han concluido, con una lamentable y doloroso evidencia autobiográfica, que da lo mismo quién gobierne. Su demanda es concreta: menos delincuencia, mejor empleo y pensiones dignas, pero no encuentran a nadie que les resulte creíble.
Su demanda de liderazgo eselemental y devastadora a la vez: solo piden que no les mientan y que se atiendan sus problemas, no los problemas de la política. ¿Se entiende? Que un tercio del país tenga como máxima aspiración la honestidad básica de sus gobernantes (alcaldes, diputados, senadores, concejales, ministros, etc. ) revela el tamaño del fracaso.
Platón soñaba con reyes filósofos; hoy la ciudadanía dice con claridad que se conformarían con que los políticos y la política simplemente que cumplan lo que prometen y que se preocupen de los asuntos que los aquejan. Ahora, sería intelectualmente deshonesto cargar toda la responsabilidad sobre la clase política. Las sociedades también construyen sus crisis. Un 55% de los chilenos dice que da lo mismo quién gobierne, pero un 68% reconoce que el Presidente de la República (la figura, la institución presidencial) puede cambiar la realidad del país. Esa contradicción no es inocente: es la coartada perfecta para desentenderse. Si me convenzo de que nada cambiará, me libero de la responsabilidad de exigir, fiscalizar y participar. La resignación ciudadana no es solo consecuencia del mal político; es también su combustible, pues parecer ser que los peores políticos prosperan donde los ciudadanos han dejado de mirar y de exigir. Tocqueville advirtió que el mayor peligro para las democracias no era la tiranía, sino la apatía.
Y creo que tiene mucha razón, pues a la luz de lo descrito, el mal político y el ciudadano resignado se necesitan mutuamente: uno promete sin intención de cumplir, mientras el otro acepta sin intención de cobrar (electoralmente hablando). Romper ese pacto tácito es la tarea pendiente de todos quienes creemos profundamente en el valor de lo público, de la política y del bien común. HUGO CAMPOS MIRANDA Periodista.