Autor: María Gabriela Huidobro Salazar Doctora en Historia Decana Asociada EHE, Tecnológico de Monterrey Académica de la Universidad Andrés Bello
Columnas de Opinión: De la queja a la acción
Columnas de Opinión: De la queja a la acción sta fue una nueva semana de polémicas.
La filtración del oficio que llamaba a descontinuar programas sociales de diversos ministerios -más allá de que apuntara o no a poE nerles finconcentró la atención de la opinión pública, en especial, en un contexto de urgencias económicas, decisiones complejas e incertidumbre. Los cuestionamientos, desconfianzas, acusaciones y demandas, sobre todo desde quienes se arrogan la voz de la clase media, se han incrementado.
Sin embargo, hay algo inquietante en dicho debate: mientras se acumulan las críticas por recortes presupuestarios o programas detenidos, crece la presión por nuevas ayudas estatales desde una lógica que parece quedar atrapada entre la denuncia, la exigencia y la espera. Quién pide más, quién da más, como si la historia del trabajo y de sus conquistas hubiese sido siempre una cuestión de demandas dirigidas de abajo hacia arriba, a la expectativa de auxilios y derechos. Pero no siempre ha sido así, y la recién pasada fecha del 1 de mayo invita a revisar esa historia, en particular, desde una mirada local. Valparaíso nos ofrece otra memoria posible. Una que nos recuerda que a lo largo del tiempo ha habido quienes, incluso en condiciones muy adversas, no se limitaron a reclamar, sino que actuaron. Y entre ellos, por supuesto, hubo mujeres. Hace más de un siglo, cuando las mujeres no votaban ni eran consideradas interlocutoras válidas, algunas decidieron intervenir, saliendo de la resignación y la protesta para buscar sus propias soluciones. El puerto fue testigo de una determinación que abrió caminos. Hoy, casi invisible, la estatua de Micaela Cáceres en el bandejón central de avenida Argentina nos recuerda un ejemplo de esa voluntad de acción. Costurera de la Casa Günther, una importadora de ropa en Valparaíso, Micaela enviudó joven y dependía de su trabajo para subsistir. Como muchas, soportaba condiciones laborales precarias hasta que un hecho la sacudió: una compañera se enfermó, pero no pudo dejar de asistir al taller, porque no le pagarían su jornal diario. Cuento corto: terminó muriendo. La tragedia marcó un punto de quiebre para Micaela, que convocó a sus compañeras para fundar, en 1887, la Sociedad de Obreras Mutualistas de Valparaíso, primera organización de este tipo en Sudamérica. Desde ahí, más que denunciar la injusticia, decidieron enfrentarla, organizando redes de apoyo y levantando iniciativas concretas, como campañas y bazares que se ganaron el respaldo de la comunidad porteña. Años después, Carmela Jeria, obrera tipógrafa, ofreció otro ejemplo. Desde los catorce, trabajó en la Litografía Gillet, donde conoció las condiciones del mundo laboral.
Participó en la Federación de Obreros de las Artes Gráficas como una de sus primeras mujeres delegadas, hasta que, en 1905, se enfrentó a la disyuntiva entre conservar su empleo o impulsar un proyecto que ayudara a lidiar con los problemas del mundo trabajador. Así, optó por lo segundo, fundando La Alborada, primer periódico obrero feminista de Chile. Desde sus páginas buscó defender "a las vejadas trabajadoras", articulando una red de colaboradoras a lo largo de Chile. Su iniciativa no estuvo exenta de resistencias, pero logró instalar un espacio de expresión, organización y conciencia femenina que marcó un precedente no sólo para el puerto, sino para el país. Ambos fueron mujeres que, en contextos de profunda desigualdad, forjaron espacios de acción propositiva y constructiva. Hoy, cuando la incertidumbre económica y la desconfianza institucional marcan la discusión, puede ser valioso volver la vista a esas trayectorias menos quejumbrosas y menos visibles, pero más incómodas y activas.
No es que este sea un intento por negar la urgencia de políticas públicas o relativizar la responsabilidad del Estado, pero sí es posible tensionar una idea que hoy parece instalarse con facilidad: que las soluciones deben venir desde arriba, y que, mientras tanto, solo cabe esperar. La historia no la cambian únicamente quienes reclaman soluciones, sino quienes se deciden a construirlas, incluso cuando nadie les haya ofrecido esa oportunidad.
Autor: María Gabriela Huidobro Salazar Doctora en Historia Decana Asociada EHE, Tecnológico de Monterrey Académica de la Universidad Andrés Bello. "Micaela convocó a sus compañeras para fundar, en 1887, la Sociedad de Obreras Mutualistas de Valparaíso, primera organización de este tipo en Sudamérica. Desde ahí, más que denunciar la injusticia, decidieron enfrentarla, organizando redes de apoyo y levantando iniciativas concretas".