Autor: HUGO HERRERA Profesor, Filosofía del Derecho UDP
Una apostasía de calado existencial
Una apostasía de calado existencial En el diario mural de la sala de clases de tercero medio de un colegio católico de Viña del Mar aparecieron, cierto día de 1990, dos partes del periódico Noreste: un artículo sobre Jesús, algo irreverente, y una entrevista a Miguel Serrano, en la que hablaba de los ovnis. El rector del colegio nos ordenó quitar los textos y el curso fue reconvenido sobre los “peligros” de ciertas ideas. “Peligro” era una clave del caso. Noreste llevaba, coincidentemente, de subtítulo “La vida peligrosa”. Su editor, el “apóstata” ante nosotros, Cristián Warnken, ha sido, tranquila pero implacablemente, fiel a ese lema. Cual Nietzsche, asume que vivir exige arriesgarse, exponerse. Warnken cruzó su Rubicón. Pero no lo atravesó como quien se muda con liviandad, cual si las cosmovisiones fuesen indumentarias. O como el desencantado que cae en el cinismo, el acomodo o la apoliticidad liberal. Su tránsito movilizó placas tectónicas de su personalidad. “Tiró del mantel”, sí. Pero hundió el arado, palpó el abismo, el riesgo de existir. La vida peligrosa. El libro es un ajuste de cuentas con la política, pero igualmente con la biografía de su autor. Acusa bondad y filo; el conocimiento riguroso de diversos pensadores y fuentes. Es un texto crítico. También autocrítico. Sobre todo, honesto. Cristián Warnken sabe que está tratando con símbolos cargados de sentido: la emancipación de las gentes, la épica de Salvador Allende, las canciones de Silvio Rodríguez, de Inti-Illimani. Ellas son portadoras de una promesa de plenitud. Esta, sin embargo, percibe Warnken, ha sido rigidizada, sometida a una lógica acerada que, al reprimir el riesgo, mata el encanto.
Por ese encanto, por sensibilidad ante lo bello y lo sublime, lo numinoso, el autor consumó su “apostasía”. La obra que ahora publica, “El pedestal vacío” (Ediciones El Mercurio), considera lúcidamente las polaridades de la experiencia: ideología y vida; articulación mental y realidad efectiva; institución y ley; pueblo y territorio. Desde esa reflexión, cuestiona a la izquierda, en sus vetas deconstruccionista, racionalista y moralizante; al economicismo de la derecha. Ambas simplifican una existencia pletórica. El autor interpreta el estallido de 2019. Repara en su componente nihilista y destructivo, su esterilidad creativa, su feísmo, su violencia, legitimada por voces biempensantes. Las críticas del libro apuntan a ideas y actitudes, no son personales. Warnken reconoce a los pocos que, más bien en soledad, ayudaron a sostener la República en la crisis: individualidades filosóficas o poéticas, con la riqueza interior suficiente como para fecundar la realidad. El mismo Cristián Warnken fue definitorio. Con arrojo, sobreponiéndose a agresiones y funas, a él y su familia, organizó a sectores de la izquierda moderada para rechazar el engendro de una Convención dominada por mentes radicales y rígidas. Logró aglutinar los apoyos necesarios para que la derrota de esta fuese sustancial, inusitada: 62 versus 38 por ciento.
La eficacia política de Warnken mostró que la actividad pública no es mera técnica o gestión, sino como dice, siguiendo a Mario Góngora “ejercicio espiritual”. Se trata de un recogimiento reflexivo y afectivo que, en cierto modo, estalla, expresándose en palabras y actos conscientes de las necesidades del momento histórico, en este caso: de la importancia simbólica del Estado y una comunidad nacional entera. La obra no es solo política. Una de sus claves originales es el cruce de reflexión política e introspección vital. Las figuras del padre y la madre, leídas a la luz de “Ánimus” y “Ánima” (Jung), le permiten a Warnken pensar, a la vez, su propio trayecto y el de la izquierda. “Madre revolución” es Ánima corrompida por la estrictez ideológica: encanto sometido al dogma, poesía bajo control, riesgo anulado en la planificación. De ahí a “lo siniestro” el paso es breve. La salida no es renunciar a ese encanto, sino rescatarlo. La emancipación, la épica, las canciones no pertenecen a aparatos partidistas. El Ánima puede y ha de ser liberada.
La liberación se expresa políticamente en la “Madre democracia”. Ella es forma de gobierno abierta al otro como otro, ¡nadie le es “inaceptable”! “Madre democracia” es “puro riesgo”, dice Warnken con Jorge Millas: “como la vida misma”. Por eso, es capaz de adecuarse a esta. El autor aborda con aplomo al padre y la madre, reales e interiores, para separar lo dañado de lo pleno. “Dejar de matar al padre” es el tránsito desde la juventud ensimismada hacia el reconocimiento que aquilata el afecto recibido. Matar a la madre ideológica interior es el paso para superar el esclerosamiento del Ánima. Cristián Warnken no es político profesional. Es, cabe decir, más que eso. Una especie de Cincinato. En tiempos peligrosos, se arriesgó, sirvió a la República y le torció el curso a la historia. Luego retorna a la “sagrada soledad, que no es sino, tal vez, otra manera de nombrar la libertad”. Así concluye. Pero ahí está su libro; de palabra poderosa. Ya los griegos la consideraban signo del auténtico político. El autor interpreta el estallido de 2019. Repara en su componente nihilista y destructivo, su esterilidad creativa, su feísmo, su violencia, legitimada por voces biempensantes. Las críticas del libro apuntan a ideas y actitudes, no son personales. Autor: HUGO HERRERA Profesor, Filosofía del Derecho UDP. El nuevo libro que publica Cristián Warnken, “El pedestal vacío”, considera lúcidamente las polaridades de la experiencia: ideología y vida; articulación mental y realidad efectiva; institución y ley; pueblo y territorio. COMENTARIO El autor interpreta el estallido de 2019. Repara en su componente nihilista y destructivo, su esterilidad creativa, su feísmo, su violencia, legitimada por voces biempensantes. Las críticas del libro apuntan a ideas y actitudes, no son personales.