Editorial: Amenazas que no son un juego
Editorial: Amenazas que no son un juego ¿ Es un mal chiste o una señal de una problemática mucho más profunda? Ofrecer un «tiroteo», aunque sea en tono aparentemente ligero o como una broma escrita en el baño de un establecimiento, no puede ni debe relativizarse. Son palabras mayores. Hablan de violencia extrema, de la posibilidad de quitar una vida, y evidencian que muchos niños y adolescentes no alcanzan a dimensionar la gravedad de lo que están diciendo. El valor supremo de la vida parece diluirse en medio de una cultura donde algunos jóvenes creen que generar miedo puede ser «divertido», «llamativo» o incluso una forma de destacar. Escribir amenazas, alarmar a la comunidad educativa o aparecer en la prensa no puede transformarse en una forma de validación social. Y sin embargo, eso es lo que estamos viendo. El problema es aún más inquietante cuando estas situaciones se repiten en distintos establecimientos de la conurbación, e incluso en instituciones de educación superior como la Universidad del Alba o IPChile. No se trata de hechos aislados, sino de una tendencia que revela una peligrosa normalización del discurso violento. Cuando aparece un aviso de tiroteo en un colegio, el sistema completo está fallando. Fallan los padres, al no lograr transmitir límites claros ni el respeto por la vida. Falla la educación, al no formar criterio ni responsabilidad en los estudiantes. Y falla también la sociedad, que muchas veces minimiza estas conductas hasta que es demasiado tarde. Porque con la vida no se juega.
Y a la educación superior se debe llegar con un mínimo de madurez y conciencia, entendiendo que las palabras tienen consecuencias y que el miedo que se genera no es ficticio: impacta, paraliza y deja huella. Aquí no basta con llamados de atención o sanciones simbólicas. Debe existir un castigo penal claro para quienes realicen este tipo de amenazas, sin ambigüedades. Y también debe haber un rol activo de los padres, quienes no pueden desentenderse de la conducta de sus hijos. Educar también implica corregir y asumir responsabilidades. Quien juega con prometer asesinatos, aunque no tenga intención real de concretarlos, debe enfrentar las consecuencias de sus actos. No por castigo ejemplificador solamente, sino porque es la única forma de establecer límites. La violencia no puede, bajo ninguna circunstancia, transformarse en un juego..