Aumento de letalidad del hantavirus
Aumento de letalidad del hantavirus El aumento reciente de la letalidad del hantavirus en Chile no se explica por un cambio en la agresividad del virus, sino por fallas humanas y estructurales que siguen repitiéndose. El principal problema es el diagnóstico tardío. En su fase inicial, el cuadro se parece demasiado a una gripe común: fiebre, dolores musculares, cefalea, malestar general. Muchos pacientes consultan cuando aparece la dificultad respiratoria, momento en que el daño pulmonar ya es severo y las opciones terapéuticas se reducen de forma dramática. A esto se suma una mayor carga viral ambiental. El cambio climático ha modificado ecosistemas rurales y silvestres, favoreciendo la presencia del ratón colilargo y, con ello, una mayor circulación del virus en sus secreciones. El riesgo ya no es excepcional ni estacional, se ha vuelto más persistente. Tras la pandemia, además, se instaló una inercia peligrosa en la atención de salud. Todo cuadro febril tiende a interpretarse como COVID-19, influenza u otro virus respiratorio frecuente, retrasando la sospecha de hantavirus en zonas donde este diagnóstico debería ser automático. La respuesta no pasa solo por campañas informativas generales. Se requiere vigilancia local reforzada, con equipos de salud rurales entrenados para mantener un alto índice de sospecha ante cualquier fiebre asociada a exposición ambiental. El traslado oportuno a centros especializados puede marcar la diferencia entre sobrevivir o no. En paralelo, el trabajo preventivo con trabajadores agrícolas y administradores de campings es ineludible: bodegas selladas, espacios cerrados bien ventilados y protocolos claros antes de limpiar o habilitar recintos. El hantavirus avanza rápido. La transición desde síntomas inespecíficos a una falla pulmonar grave puede ocurrir en horas. Ante fiebre y antecedente de contacto rural en las últimas seis semanas, no hay margen para esperar. Actuar a tiempo sigue siendo la herramienta más eficaz para reducir muertes evitables. Carolina Otero Académica Escuela de Química y Farmacia UNAB.