Cartas desde el verdadero FIN DEL MUNDO
Cartas desde el verdadero FIN DEL MUNDO El zódiac se acerca lentamente a una pequeña isla cubierta de nieve, en pleno verano austral. Desde lejos, parece apenas una mancha oscura sobre un manto blanco glacial. Pero, a medida que la lancha sigue, empiezan a distinguirse los detalles. Primero, el muelle de madera, una línea oscura que entra en el agua gris del canal. Luego, dos casas negras con detalles en rojo que se hacen notar en medio de tanto hielo. Una bandera británica flamea orgullosa con el viento polar y, junto a ella, otra arcoíris se mueve con la misma fuerza. Un pequeño gesto de color y tolerancia en el paisaje blanco.
Alrededor de todo esto, cientos de pingüinos papúa caminan entre las rocas con su paso torpe y decidido, como si la isla fuera completamente suya (en cierto sentido, lo es). Transportan pequeñas piedras en el pico para reforzar sus nidos, discuten ruidosamente con los vecinos, se lanzan al mar de golpe y observan a los forasteros con curiosidad. El sonido es constante: un murmullo agudo que llena el aire y rompe el silencio que uno imaginaría que predomina en la Antártica. El motor del zódiac baja revoluciones y el guía señala el lugar donde desembarcaremos. A pocos metros flotan trozos de hielo azul que giran lentamente con la corriente, chocando suavemente entre sí.
Y mientras la embarcación finalmente toca el muelle, cuesta decidir qué es más sorprendente: si haber llegado finalmente, o descubrir que incluso en el continente más remoto del planeta hay un pequeño buzón, desde donde parten cartas hacia el resto del mundo.
Porque aquí, en Port Lockroy, en una extensión de tierra y nieve que parece del tamaño de una cancha de fútbol, llamada Goudier Island, se resumen más de cien años de presencia humana en la Antártica. Exploradores, balleneros, científicos, militares, turistas y cada verano cuatro personas que llegan a vivir durante meses para atender una de las oficinas PORT LOCKROY: postales más remotas del planeta. Detrás de la isla, los glaciares del archipiélago Palmer caen al mar como enormes paredes blancas que brillan bajo la luz fría del mediodía. A simple vista, todo parece inmóvil. Pero en Port Lockroy la Antártica no está completamente detenida. Alguien abre la puerta de una de las casas; otra persona acomoda una caja cerca de la pequeña tienda del museo. En pocos minutos, los visitantes comienzan a bajar del zódiac y el pequeño puerto vuelve a llenarse de pasos, voces y cámaras. En una isla donde viven miles de pingüinos y solo cuatro personas durante el verano, cada desembarco rompe momentáneamente la quietud. Y aun así, la sensación dominante sigue siendo la de adentrarse en uno de los rincones habitados más improbables del planeta. Hacia la isla de las cartas Port Lockroy se encuentra en la costa occidental de la península antártica, en el REGISTROS. En el museo también se exhiben equipos e instrumentos para mediciones científicas y meteorológicas. las montañosas que se extiende frente al continente blanco. La pequeña isla Goudier donde están las casas y el muelle ocupa apenas unas pocas hectáreas en una bahía protegida por hielo y roca.
Reclamada como parte del Territorio Antártico Británico, para Chile integra su Comuna Antártica (una de las dos que conforman la Provincia Antártica Chilena), aunque como todo en este fin de mundo su gestión se rige por el Tratado Antártico, acuerdo internacional que establece que el continente debe utilizarse exclusivamente con fines pacíficos y científicos. La mayoría de los viajeros que llegan hasta aquí lo hacen en barcos de expedición que parten desde Ushuaia y cruzan el temido paso Drake. Nosotras tomamos otra ruta: desde Punta Arenas volamos con Antarctica21 y Aerovías Dap hasta la isla Rey Jorge, en las Shetland del Sur, evitando la navegación completa del siempre revuelto Drake. Allí nos esperaba el Magellan Explorer, barco de expedición diseñado para estas aguas.
Y así, en los días siguientes avanzamos lentamente por la península antártica, entre canales llenos de témpanos y montañas, hasta llegar al archipiélago Palmer y a esta isla diminuta donde, rodeados de hielo, alguien todavía envía cartas.
Un refugio polar La historia de Port Lockroy se remonta a 1904, cuando el explorador francés Jean-Baptiste Charcot navegaba el archipiélago Palmer en lo que sería una de las primeras expediciones científicas modernas a la Antártica.
A bordo de la goleta Français, Charcot cartografiaba una costa que hasta entonces estaba apenas insinuada en los mapas, y de paso iba levantando observaciones científicas en una región que Europa apenas comenzaba a conocer con cierto detalle. En ese viaje, descubrió esta pequeña bahía protegida por montañas e islotes. Para un navegante polar, el lugar ofrecía algo tan valioso como el abrigo y la protección frente a las inclemencias del clima austral. Un puerto natural donde los barcos podían refugiarse del viento, de los peligrosos hielos a la deriva y de las tormentas repentinas que pueden desatarse en esta parte del continente. Y lo bautizó Port Lockroy, como homenaje a Édouard Lockroy, político y periodista francés que había apoyado con entusiasmo las expediciones polares de Charcot. Durante algunos años, este hito quedó reducido a poco más que una referencia útil para navegantes que comenzaban a internarse en estas aguas. Pero el continente estaba entrando en una nueva etapa de su historia. Era el inicio de una industria. La era de los balleneros A comienzos del siglo XX, los océanos australes se transformaron en uno de los principales escenarios de la caza industrial de ballenas. La demanda mundial por su aceite (utilizado para iluminación, lubricantes y productos industriales) impulsó una expansión rápida de esta actividad en el hemisferio sur.
Las grandes flotas operaban desde bases en las islas subantárticas (especialmente en Georgia del Sur, donde surgieron verdaderas ciudades balleneras) y desde barcos factoría que recorrían las aguas de la península, siguiendo las rutas migratorias de las ballenas azules, jorobadas y rorcuales.
Entre 1911 y comienzos de los años O R A F L A N Á I T S I R C treinta, los balleneros utilizaron Port Lockroy como fondeadero donde esperar mejores condiciones climáticas o para realizar reparaciones menores. No fue una estación ballenera permanente, pero sí punto estratégico dentro de esa red de navegación que conectaba a los cazadores con los barcos y los puertos más al norte. Hoy quedan pocos rastros visibles de esa época. Algunas cadenas oxidadas, restos de embarcaciones y referencias dispersas en registros históricos. La naturaleza ha ido borrando lentamente las huellas de esa actividad. Base secreta El capítulo más inesperado de la historia de Port Lockroy llegó durante la Segunda Guerra Mundial. En 1944, en medio de un conflicto que parecía restringido a un escenario a miles de kilómetros de estas tierras, el gobierno británico organizó una misión secreta llamada Operation Tabarin. Su objetivo era establecer presencia permanente en la península antártica y reforzar la posición del Reino Unido frente a otros países que comenzaban a plantear reclamos territoriales sobre el continente. No se trataba de ciencia ni de exploración, sino de una jugada geopolítica. Durante esos años, Chile también manifestaba intención de ejercer su soberanía efectiva sobre la península. Además, aparecieron reclamaciones de otros países y en Londres creció la preocupación de que, sin presencia real, las suyas pudieran debilitarse. En la lógica territorial de la época, no bastaba con descubrir o nombrar un lugar: había que ocuparlo, habitarlo y administrarlo. Operation Tabarin buscaba precisamente eso. Instalar bases permanentes, mantener personal durante todo el año y demostrar que el Reino Unido tenía actividad continua en la región. En ese contexto, la pequeña Goudier Island fue elegida para instalar Base A, una estación que debía operar incluso durante el invierno antártico. Los hombres que llegaron marinos, científicos y técnicos levantaron una casa prefabricada de madera y la llamaron Bransfield House. Dentro había dormitorios estrechos, una pequeña cocina, equipos de radio e instrumentos necesarios para realizar observaciones meteorológicas y científicas. Con el fin de la guerra, la base dejó de tener un propósito militar y pasó a manos de científicos británicos. Funcionó algunos años más como estación de investigación, hasta que en 1962 fue cerrada. Los hombres se marcharon y la pequeña casa quedó abandonada frente al mar. Durante décadas permaneció exactamente como la habían dejado, con latas de comida en las repisas, herramientas en los cajones y objetos cotidianos congelados en el tiempo. Una cápsula del tiempo Décadas después, el lugar volvió a despertar interés. A comienzos de los años 90, historiadores y científicos comenzaron a ver en Port Lockroy algo más que una antigua infraestructura abandonada. Era una auténtica cápsula del tiempo que mostraba cómo había sido la vida en las primeras estaciones antárticas. Con el apoyo del UK Antarctic Heritage Trust, Bransfield House fue restaurada cuidadosamente para conservar su aspecto original. Y así nació el Museo de Port Lockroy, uno de los sitios históricos más visitados de la Antártica. En una de sus pequeñas habitaciones se instaló además una oficina postal de la que hoy salen miles de cartas cada verano, convirtiéndose en la oficina de correos pública más austral del planeta. Caminar por sus habitaciones produce una sensación extraña. Afuera el paisaje parece no cambiar mucho, con glaciares, témpanos y pingüinos. Pero dentro, todo habla de un momento específico de la historia, la época en que el continente blanco comenzaba a transformarse en territorio científico, político y estratégico. Pero Port Lockroy no es solo un lugar para enfocarse en el pasado.
Cada verano llegan estos voluntarios que viven durante algunos meses en la isla para cuidar el museo, recibir visitantes, clasificar correo y seguir de cerca lo que ocurre con la colonia de pingüinos que rodea la bahía. Para esta temporada, uno de los que caminan entre los nidos con una libreta en la mano es el escritor de viajes británico Peter John Watson. Vino como parte del equipo y, además de atender el museo y el correo, tiene una tarea bastante concreta: contar polluelos de pingüino. Es parte de lo que hay que hacer cada temporada: registrar los nidos activos para monitorear cómo evoluciona la colonia. Watson recorre lentamente las rocas mientras anota números, esquiva aves curiosas y levanta la vista de vez en cuando hacia los glaciares. Desde ahí también observa otro lado de la historia. En el agua oscura que bordea la isla aparecen a veces focas leopardo, uno de los principales depredadores de los pingüinos. Su presencia puede cambiar rápidamente las cifras de la temporada, reduciendo el número de polluelos que logran sobrevivir. El contraste resulta curioso, un escritor de viajes contando pingüinos en una isla diminuta de la Antártica, rodeado por una colonia que, hace apenas un siglo, ni siquiera existía. Quizás esa sea parte de la gracia de Port Lockroy. Un lugar donde conviven, en pocas hectáreas, la historia polar, la ciencia, el turismo y miles de aves marinas. Y donde, entre conteos de pingüinos y visitas al museo, alguien sigue sellando cartas. Cada temporada se envían desde Port Lockroy miles de postales a más de cien países.
Los visitantes escriben mensajes rápidos, los sellan con estampillas del Territorio Antártico Británico y los dejan en un buzón rojo, desde donde comienzan un viaje bastante inaudito: salen de la Antártica en barcos de expedición, pasan por Sudamérica, llegan a centros de distribución en Europa y allí se dispersan por el mundo. Algunas tardan semanas en llegar. Otras, meses. Pero todas parten desde este pequeño punto en el mapa. La isla de los pingüinos Otra de las curiosidades de Port Lockroy es que los pingüinos no siempre estuvieron aquí. Cuando la base funcionaba en los años 40 y 50, la isla estaba prácticamente libre de aves. Los pingüinos papúa aparecieron recién en los 80, y desde entonces el grupo ha crecido hasta ocupar gran parte del terreno. Hoy conviven con los edificios históricos. Los visitantes caminan entre nidos, siguiendo senderos marcados, mientras los pingüinos continúan su rutina. Siempre indiferentes. La mitad de la isla está cerrada al turismo, para estudiar cómo afecta la presencia humana a la colonia. Es uno de los muchos experimentos que se realizan hoy en la Antártica, donde ciencia y turismo conviven en delicado equilibrio. Desde el muelle de madera, antes de volver al zódiac, la escena se queda grabada por un momento en nuestras retinas. Los pingüinos siguen caminando entre las rocas, las casas negras con rojo permanecen quietas frente a la bahía y, junto a la puerta del museo, el buzón rojo espera las próximas cartas.
D. En una pequeña isla del archipiélago Palmer, en la península antártica, una antigua base británica construida durante la Segunda Guerra Mundial se transformó en museo, laboratorio natural y en la insólita oficina postal pública más austral del planeta. TEXTO: Camila Rikli, DESDE LA PENÍNSULA ANTÁRTICA. FOTOS: Tere Pérez POSTALES. Desde este buzón, cada temporada salen miles de cartas hacia diversas partes del mundo. A la derecha, el museo conserva las provisiones tal como se encontraron en la década de los 90. MUSEO. Muestra de cómo se vivía en esta base durante la Segunda Guerra. POSTALES. Desde este buzón, cada temporada salen miles de cartas hacia diversas partes del mundo. A la derecha, el museo conserva las provisiones tal como se encontraron en la década de los 90. ENTORNO. La oficina de correos tiene una ubicación muy fotogénica, entre hielos y pingüinos. BASE. Vista desde la antigua cocina de la casa Bransfield. Esta es la construcción principal de la base británica. BASE. Vista desde la antigua cocina de la casa Bransfield. Esta es la construcción principal de la base británica. FAUNA. Los pingüinos papúa se establecieron en esta isla recién partir de la década de los 80. TESTIMONIO. En el correo se guardan cartas que distintos viajeros han dejado a modo de recuerdo. BASE. Vista desde la antigua cocina de la casa Bransfield. Esta es la construcción principal de la base británica. Cartas desde el verdadero FIN DEL MUNDO. POSTALES. Desde este buzón, cada temporada salen miles de cartas hacia diversas partes del mundo. A la derecha, el museo conserva las provisiones tal como se encontraron en la década de los 90. MUSEO. Muestra de cómo se vivía en esta base durante la Segunda Guerra. POSTALES. Desde este buzón, cada temporada salen miles de cartas hacia diversas partes del mundo. A la derecha, el museo conserva las provisiones tal como se encontraron en la década de los 90. ENTORNO. La oficina de correos tiene una ubicación muy fotogénica, entre hielos y pingüinos. BASE. Vista desde la antigua cocina de la casa Bransfield. Esta es la construcción principal de la base británica. BASE. Vista desde la antigua cocina de la casa Bransfield. Esta es la construcción principal de la base británica. FAUNA. Los pingüinos papúa se establecieron en esta isla recién partir de la década de los 80. TESTIMONIO. En el correo se guardan cartas que distintos viajeros han dejado a modo de recuerdo. BASE. Vista desde la antigua cocina de la casa Bransfield. Esta es la construcción principal de la base británica.