Un verano predecible
Un verano predecible CRÓNICAS DE CIUDAD os devastadores incendios forestales que han afectado recientemente a las regiones del Nuble y del Biobio vuelven a instalar una pregunta incómoda, L pero inevitable: ¿ estábamos preparados?, ¿esta tragedia que desgraciadamente ha costado demasiadas vidas humanas podía haberse evitado? Las respuestas no son simples y las soluciones, menos aún. Sin embargo, el hecho de que sean complejas no puede llevarnos a evitarlas y resignarnos. Nuestra región y nuestra ciudad de Valparaíso conocen demasiado bien los efectos de este tipo de catástrofes. Las hemos vivido una y otra vez, casi como si fueran parte del paisaje estival. Pero precisamente por eso no deberíamos aceptarlas como inevitables. Estos desastres, al menos en parte, son previsibles, y esa previsibilidad nos impone responsabilidades que como sociedad no siempre estamos dispuestos a asumir. El cambio climático es real En primer lugar, es indispensable tomarnos en serio los efectos del cambio climático. Más allá de que algunos líderes internacionales parezcan relativizarlo o incluso negarlo, la evidencia científica es clara: el cambio climático existe y sus efectos ya están entre nosotros. Chile, además, es uno de los países identificados como más vulnerables a sus consecuencias. Lluvias extremadamente intensas en cortos periodos que han provocado socavones y colapsos urbanos -, olas de calor cada vez más prolongadas y sequías severas ya no son fenómenos excepcionales, sino parte de una nueva normalidad. Frente a ello, los planes de adaptación al cambio climático no pueden seguir siendo meros documentos programáticos: deben implementarse de manera efectiva. Y esto no es solo una opción política, sino una obligación legal, tanto para las autoridades competentes como para la ciudadanía en su conjunto. PEQUEÑOS CAMBIOS QUE HACEN LA DIFERENCIA La prevención, sin embargo, no se agota en grandes políticas públicas. También exige cambios de actitud cotidianos.
En ciudades como Valparaíso, la acumulación de vegetación seca, basura y desechos en quebradas, sitios eriazos, viviendas abandonadas y laderas de cerros se transforma año a año en combustible disponible para incendios que luego arrasan no solo con el entorno natural, sino también con hogares y vidas. Mantener estos espacios limpios no debiera ser una tarea extraordinaria ni exclusiva del Estado. Es, o debiera ser, un deber básico de convivencia urbana. Aquí las juntas de vecinos y las organizaciones territoriales tienen un rol clave, pero ese rol solo funciona si existe una convicción compartida de que la prevención empieza mucho antes de que aparezcan las llamas. GRIFOS OPERATIVOS Y CAPACITACIÓN VISIBLE Otro aspecto frecuentemente subestimado es la preparación comunitaria frente a emergencias. Como vecinos, deberíamos saber qué hacer ante un amago de incendio y cómo actuar en los primeros minutos, que suelen ser decisivos. Bomberos, sin duda, cuenta con planes de acción, pero una mayor capacitación preventiva, visible y sistemática hacia la ciudadanía podría marcar una diferencia real. Lo mismo ocurre con los grifos de la vía pública. No basta con que existan: es fundamental que sepamos dónde están, que se encuentren operativos y que no sean bloJORGE BERMÚDEZ SOTO, Ex CONTRALOR GENERAL DE LA REPÚBLICA queados por vehículos mal estacionados. Estos son detalles aparentemente menores, pero en una emergencia pueden resultar cruciales. SOLIDARIDAD, PERO TAMBIÉN RESPONSABILIDAD La solidaridad con quienes lo han perdido todo es indispensable y habla bien de nuestra comunidad. Sin embargo, ayudar no puede convertirse en un simple acto de deshacerse de lo que ya no sirve. La ayuda genuina implica también un sacrificio por parte de quien la entrega. Finalmente, está el desafío de la reconstrucción. Es comprensible que quienes han sufrido la pérdida total de sus viviendas deseen reconstruir lo antes posible y, ojalá, en el mismo lugar. Pero no siempre esos lugares son adecuados ni seguros. Aquí corresponde a las autoridades asumir una responsabilidad que suele ser impopular: hacer respetar la planificación territorial y evitar que se vuelva a construir en zonas de alto riesgo. No es una carga que deba recaer sobre los afectados, sino una obligación del Estado.
Solo si asumimos estas responsabilidades -desde las políticas públicas hasta los gestos más cotidianos podremos aspirar a que el próximo verano no sea, una vez más, trágicamente predecible. «. Nuestra región y nuestra ciudad de Valparaíso conocen demasiado bien los efectos de este tipo de catástrofes. Las hemos vivido una y otra vez, casi como si fueran parte del paisaje estival. Pero precisamente por eso no deberíamos aceptarlas como inevitables.