COLUMNAS DE OPINIÓN: Carreras muy largas
COLUMNAS DE OPINIÓN: Carreras muy largas Hay decisiones que parecen técnicas y, sin embargo, trazan el rumbo de una sociedad. La duración de las carreras universitarias es una de ellas.
El editorial publicado el sábado 2 de mayo en "El Mercurio" vuelve a poner el tema en el centro y confirma algo evidente: en Chile, las carreras universitarias son más largas que en la mayoría de los países de la OCDE, con costos importantes para estudiantes, familias y el país. Varias universidades chilenas ya estamos inmersas en esa reflexión, conscientes de que la pregunta que atraviesa todo es qué realmente significa formar a alguien hoy. Hay, al menos, cuatro dimensiones que ordenan este debate. La primera es la preparación con la que llegan los estudiantes desde su educación escolar. La segunda es la diferencia entre formar para un grado académico y habilitar para el ejercicio profesional. La tercera es la rapidez con la que evoluciona el conocimiento en muchas disciplinas y la necesidad de que las competencias dialoguen con un mundo laboral en permanente cambio. Y la cuarta, quizás la más difícil de medir, es el tiempo que exige la formación integral de una persona. Un tiempo que convive y, a veces, compite con la especialización disciplinar. Las brechas de la educación escolar entregan un punto de partida elocuente. Según PISA 2022, desde 2006, cerca de la mitad de los estudiantes en Chile no consigue el nivel mínimo en matemáticas y alrededor de un tercio presenta dificultades en lectura. Más preocupante aún: una fracción importante de adolescentes de 15 años no alcanza las competencias lectoras necesarias para desenvolverse en la vida adulta. Esa brecha no desaparece al entrar a la universidad; se arrastra y se expresa en trayectorias más largas, rezagos y una deserción de casi 29 puntos porcentuales en su primer año de universidad. En relación con los grados académicos y con los títulos profesionales, el país requiere una conversación clara entre las universidades y el Estado. Los que hemos cursado posgrados fuera de Chile reconocemos con facilidad el nivel de exigencia de la formación chilena.
Nuestros egresados suelen destacar en contextos internacionales y no por azar: en muchos casos, una carrera universitaria promedio de cinco años entrega más que una licenciatura de tres o cuatro en casi cualquier lugar del mundo. De hecho, la Agencia Acreditadora en Ingeniería en Estados Unidos, ABET, equipara cuatro años de college con cuatro años de formación en nuestra universidad, confirmando la profundidad de nuestros programas. Este estándar tiene un valor, pero también implica costos que, en ciertos casos, podrían revisarse con criterio. A esto se suma una aceleración vertiginosa del conocimiento.
Si en 1900, el saber humano se duplicaba aproximadamente cada 100 años, en 1945, cada 25 años, y en 1982, cada 13 meses, algunas estimaciones indican que entre 2020 y 2025 lo hace cada 12 horas.
En ello, la inteligencia artificial está jugando un rol central: en el campo del derecho, su adopción ya en 2024 era de un 30%, tres veces más que en 2023, reduciendo tareas como las revisiones de contratos que antes tomaban horas a segundos. Aproximadamente el 40% de las competencias en manufactura cambiará dentro de los próximos tres a cinco años. Y el Foro Económico Mundial ya ha advertido que el 65% de los niños y niñas que hoy ingresan a la escuela primaria trabajarán en empleos que aún no existen. En este contexto, el debate sobre la duración de las carreras se está planteando en función de la eficiencia: menos años, menos costo, incorporación más rápida al mercado laboral. Es un argumento legítimo, pero incompleto. Reduce la universidad a una agencia de certificación de competencias cuando su misión es mucho más profunda: formar personas capaces de comprender, juzgar, discernir y actuar con criterio propio. Esto requiere tiempo, exige exposición a la complejidad y a la discusión intelectual.
Las universidades que se resisten a la presión por acortar sus programas son aquellas que apuestan por una formación amplia al inicio, donde el pensamiento crítico, la ética, la filosofía, la teología, el lenguaje, la formación ciudadana y las humanidades son claves. El dilema supera al conteo de años.
La cuestión de fondo es otra: si aquello que se enseña hoy tendrá sentido mañana, y si quienes egresan lo harán con la capacidad de adaptarse integralmente a un mundo que cambia a una velocidad inédita. Ahí se revela, finalmente, la verdadera medida de una carrera universitaria.
Carreras muy largas "... la cuestión de fondo es otra: si aquello que se enseña hoy tendrá sentido mañana, y si quienes egresan lo harán con la capacidad de adaptarse integralmente a un mundo que cambia a una velocidad inédita. Ahí se revela, finalmente, la verdadera medida de una carrera universitaria... ". JUAN CARLOS DE LA LLERA Rector Pontificia Universidad Católica de Chile.