Señora Directora: Cuando ocurren tragedias asociadas a incendios de gran magnitud, como las que hoy afectan a las regiones de Biobío y Ñuble, muchas personas permanecen en un estado constante de alerta, incluso cuando no han sido afectadas de manera directa. En estos contextos, es habitual que emerj
Señora Directora: Cuando ocurren tragedias asociadas a incendios de gran magnitud, como las que hoy afectan a las regiones de Biobío y Ñuble, muchas personas permanecen en un estado constante de alerta, incluso cuando no han sido afectadas de manera directa. En estos contextos, es habitual que emerjan emociones como miedo, rabia, tristeza, desamparo o incertidumbre, siendo reacciones esperables frente a escenarios como estos. El dolor que se genera a partir de las pérdidas no es cuantificable. La pérdida de familiares o seres queridos constituye una experiencia traumática, pero también lo puede ser la pérdida del hogar, una mascota o del entorno natural que formaba parte de la vida cotidiana. Resulta fundamental permitir que el duelo se exprese sin presionar ni exigir resiliencia inmediata, ya que apresurar los procesos puede terminar negando el dolor. Acompañar implica también recordar que cuidar a otros no significa sacrificarse hasta el agotamiento, sino reconocer los propios límites.
CARTAS Incendios: enfrentar el duelo por personas, hogares y territorios Validar el dolor del otro, contener desde el respeto y sin juicios, se vuelve una tarea esencial, al igual que reconocer el duelo ecológico, entendiendo que la pérdida del entorno natural también duele.
En el caso de niños y niñas, es importante explicar lo ocurrido con un lenguaje claro y acorde a su edad, evitando la exposición permanente a imágenes o noticias, y favoreciendo jugar, dibujar y la expresión simbólica como formas de elaboración emocional. Experiencias traumáticas requieren un abordaje no solo desde lo individual, se requiere apoyo socio comunitario, desde el estado, un acto político de reparación.
Reconstruir sin repetir errores Señora Directora: Tras la serie de varios incendios que han golpeado nuestras regiones del Bio Bío y Nuble, Chile vuelve a enfrentarse a una emergencia de gravedad y a un nuevo proceso de reconstrucción, sin haber cerrado aún las lecciones del 2024. Mientras los territorios arden, la política pública sigue administrando el daño en lugar de prevenirlo. La ausencia de una normativa que obligue a cortafuegos y restrinja la construcción en zonas de alto riesgo no es un problema técnico: es una omisión política con consecuencias humanas. Cada desastre revela que no todos los territorios arden igual. Las catástrofes golpean con mayor fuerza a quienes ya vivían en precariedad, informalidad habitacional y abandono estatal. El incendio no crea la desigualdad, pero la expone con crudeza. Por eso, el desastre no es solo natural: es profundamente social. La reconstrucción no puede seguir entendiéndose como asistencia ni como una carrera por mostrar cifras. Reconstruir es restituir derechos, proyectos de vida y vínculos comunitarios. Sin embargo, en Chile seguimos reconstruyendo bajo las mismas lógicas que produjeron el riesgo: planificación urbana débil, regulación insuficiente y normalización de la vida en territorios inseguros. A esto se suma la especulación del suelo. Tras cada catástrofe, los terrenos siniestrados -históricamente habitados por familias de menores ingresosse vuelven atractivos para proyectos inmobiliarios. Sin regulación firme, la reconstrucción se transforma en un mecanismo de desplazamiento social silencioso. Rosa Villarroel-Valdés/Unab.