Columnas de Opinión: 8M: Entre caos y paz
Columnas de Opinión: 8M: Entre caos y paz María Gabriela Huidobro Salazar Doctora en Historia Académica de la Universidad Andrés Bello Decana Asociada EHE, Tecnológico de Monterrey ace casi tres mil años, el poeta griego Hesíodo recogió una versión sobre los orígenes de la humanidad. En su relato, describió a Pandora, la primera mujer, como un castigo diH vino. Era hermosa, mentirosa y seductora, lo que hacía de ella un mal inevitable para los hombres. Sí, es la misma que además portaba una jarra (no una caja) que contenía todos los males y que se esparcieron por el mundo en cuanto ella la destapó.
Su relato no era inocuo: representaba una forma de concebir a las mujeres como causa del caos, la discordia y el conflicto, imagen cercana a la de Eva, culpable de la caída de Adán en el pecado original. Por siglos, esos relatos alimentaron una sospecha: la mujer se pensaba como un ser emocional, voluble y desconfiable, que no tendría la capacidad de asumir responsabilidades superiores como las de la política o la guerra. Así, mientras estos ámbitos quedaron vinculados al quehacer masculino, lo femenino fue relegado a las labores de cuidado en el espacio doméstico. Aunque siempre hubo excepciones, este imaginario dominó la cultura occidental hasta tiempos recientes, pero hoy el escenario es distinto. Lo que antes se pensaba como connatural a un sexo, ahora se concibe como género, construcción cultural que asocia propiedades a lo masculino o femenino. Estos cambios han permitido asumir que las mujeres tenemos tantas cualidades como los hombres y desde ahí se nos han abierto caminos en el espacio público y en los ámbitos de poder. Hoy, nadie se sorprende al ver ministras, parlamentarias, alcaldesas, y mujeres líderes de opinión.
La política ya no es un territorio vedado y esa conquista nos sitúa ante una responsabilidad inédita, sin las restricciones culturales que limitaban nuestros roles o las cargas morales que nos acusaban como causas del mal. Tal oportunidad puede ser, en la actualidad, particularmente valiosa. Nuestro mundo atraviesa una etapa de polarización intensa y el lenguaje público se ha vuelto más agresivo. Basta observar a varios líderes mundiales para comprobar que el caos no es patrimonio femenino. La estridencia, la descalificación, la guerra y la política de trinchera han sido, más bien, protagonizadas históricamente por el poder masculino. Chile no está ajeno a esa lógica. El enfrentamiento constante entre polos políticos ha tensionado el debate y ha instalado un clima de confrontación permanente. Lo vimos esta semana entre el Presidente en ejercicio y el Presidente electo, sumados sus respectivos gabinetes. Ante esto, la historia nos extiende una invitación que, siendo 8 de marzo, se hace especialmente simbólica.
A diferencia de otras épocas, hoy las mujeres no estamos llamadas sólo a resistir o a reclamar un espacio: estamos también en condiciones de modelarlo. ¿Qué tipo de cultura política queremos construir? Gabriela Mistral, testigo de guerras y totalitarismos, dijo que la paz no era ingenuidad, sino una tarea política exigente, y que, ante ella, las mujeres tenemos un deber vocacional: humanizar la vida pública, lo que implicaba educar desde la infancia en el respeto por la dignidad del otro, en el cuidado de la tierra y en la conciencia de pertenecer a una comunidad más amplia que la de nuestras propias fronteras. No es que Mistral postulara una supuesta superioridad moral o idealizara una naturaleza pacífica femenina. Sin embargo, veía que el acceso al poder abría una posibilidad de ensayar otras formas de ejercerlo. En una semana convulsa, marcada por la guerra en Medio Oriente y las descalificaciones políticas en Chile, esa lección cobra nueva vigencia. El 8M no debería volcarse a encender aún más los ánimos de reafirmación combativa.
Más bien, puede ofrecer un momento de reflexión sobre el modo en que queremos ejercer nuestra creciente agencia pública, no para callar las diferencias ni para diluir las demandas, sino para sostenerlas con nuevas formas de hacer política. Superar a Pandora no consiste sólo en entrar a la polis, sino en demostrar que el poder puede ejercerse sin alimentar la violencia o el conflicto permanente. En un mundo que parece premiar el grito, tal vez el gesto más transformador sea insistir en la palabra. Nuestro mundo atraviesa una etapa de polarización intensa y el lenguaje público se ha vuelto más agresivo. Basta observar a varios líderes mundiales para comprobar que el caos no es patrimonio femenino.
La estridencia, la descalificación, la guerra y la política de trinchera han sido, más bien, protagonizadas históricamente por el poder masculino".. Nuestro mundo atraviesa una etapa de polarización intensa y el lenguaje público se ha vuelto más agresivo. Basta observar a varios líderes mundiales para comprobar que el caos no es patrimonio femenino. La estridencia, la descalificación, la guerra y la política de trinchera han sido, más bien, protagonizadas históricamente por el poder masculino".