Autor: Jaime Fauré, académico de Psicopedagogía UNAB
Columnas de Opinión: Hijos en el medio: el costo silencioso del conflicto entre apoderados y profesores
Columnas de Opinión: Hijos en el medio: el costo silencioso del conflicto entre apoderados y profesores La reunión de apoderados termina y la madre de uno de los niños se queda a conversar con el profesor.
Espera a que los demás salgan, se acerca a él y le dice, con una mezcla de firmeza y ansiedad: "Mi hijo no es como usted lo pintó". El profesor había dicho, un poco antes, que el niño tenía dificultades para trabajar en grupo, que interrumpía con frecuencia, que le costaba tolerar la frustración. La madre escuchó algo distinto: que su hijo es un problema. Y desde ese malentendido, que no es solo semántico, comienza una conversación que rara vez termina bien para nadie, y menos para el niño que espera afuera. La escena que acabo de describir ocurre en casi todas las escuelas chilenas, con una regularidad que ya no sorprende a nadie. Lo que sí sorprende, cuando se la examina con atención, es lo poco que uno se cuestiona por qué ocurre. La respuesta fácil es que hay apoderados difíciles, sobreprotectores, negacionistas, incapaces de escuchar algo que contradiga la imagen que tienen de su hijo. Esa respuesta no es completamente falsa.
Pero es tan parcial que termina siendo engañosa, porque sitúa el problema en la psicología individual de los miembros de las familias y deja intacta la pregunta sobre qué tipo de relación ha construido el sistema escolar con las familias en general. Familia y escuela comparten un objeto de atención -el niño-, pero operan desde lógicas que no siempre son compatibles. La escuela trabaja con grupos, con promedios, con trayectorias que se evalúan en relación con estándares. La familia trabaja con un individuo singular, irreemplazable, cuya historia completa solo ella conoce. Cuando el profesor describe a un estudiante, lo hace desde una posición que tiene acceso a ciertas dimensiones de ese niño y no a otras. Cuando la madre responde que su hijo no es así, tampoco miente, sino que está describiendo a alguien que el profesor probablemente no ha visto. El conflicto no es entre la verdad y el error. Es entre dos perspectivas parciales que el sistema rara vez ayuda a integrar. A eso se suma algo que tiene que ver con la historia de la relación entre familias y escuelas en nuestro país. Durante décadas, el modelo dominante fue el de una escuela que convocaba a los apoderados para informarles, no para dialogar con ellos. Lareunión de apoderados era como un monólogo. La libreta de notas era un comunicado unilateral. La citación al colegio era una señal de que algo andaba mal. Y ese modelo, que muchos de nosotros, adultos, asumimos, produjo apoderados que aprendieron a relacionarse con la escuela desde el estar a la defensiva, desde la desconfianza o desde la delegación total, según el caso.
Y esas posiciones, ya instaladas en el sentido común, no se modifican con una circular que anuncia que ahora la escuela quiere ser un espacio de "alianza con las familias". Lo que complica el crecimiento de los niños no son, en la mayoría de los casos, apoderados maliciosos.
Son apoderados ansiosos, en un sistema que produce y reproduce ansiedad: que califica temprano, que compara permanentemente, que convierte la trayectoria escolar en una serie de umbrales que hay que superar para no quedar atrás y que determinan el éxito del niño.
Un apoderado que desautoriza al docente frente a su hijo, que impugna una nota, que exige que su hijo sea evaluado de manera diferente sólo porque ella piensa que debe ser evaluado así, muchas veces está respondiendo a una presión real que el sistema ejerce y que nadie le ha enseñado a procesar de otra forma. Su reacción puede ser contraproducente, sí. Pero su origen no es irracional. Las consecuencias para los niños son reales y merecen que les digamos por su nombre.
Un estudiante que escucha en casa que el profesor está equivocado, que la escuela no lo entiende, que él en realidad sí sabe, recibe una información contradictoria que le dificulta construir una imagen coherente de sí mismo como aprendiz. No porque la crítica a la escuela sea siempre injusta, sino porque el niño no tiene aún las herramientas para sostener esa contradicción sin que algo ceda. Lo que cede, con frecuencia, es la posibilidad de verse a sí mismo como alguien que tiene algo que aprender en ese lugar, de ese adulto, en esa experiencia que sus padres han descalificado. Pero esa fragilidad no empieza con la actitud del apoderado. Empieza antes, en el tipo de vínculo que la escuela ha sido capaz -o node construir con las familias.
Un vínculo basado en la información unilateral produce apoderados que solo saben reaccionar-y que, además, reaccionan muy mal -. Uno basado en el diálogo real, donde las familias tienen algo genuino que aportar y donde la escuela reconoce sus propios límites, produce algo distinto: adultos que pueden sostener frente a sus hijos una imagen de la escuela que no es ni idealizada ni descartada, sino simplemente real. Y eso, para un niño que está aprendiendo a ubicarse en el mundo, no es poca cosa. Autor: Jaime Fauré, académico de Psicopedagogía UNAB.