COLUMNAS DE OPINIÓN: Cuando el buen trato se vuelve excepcional: una alerta sobre la violencia en Chile
COLUMNAS DE OPINIÓN: Cuando el buen trato se vuelve excepcional: una alerta sobre la violencia en Chile Paola Espina Bocic Directora del Departamento de Psicología UVM Daniel Bruna Mosquera Coordinador Diplomado Estrategias de Intervención en Crisis y Gestión de la Emergencia LJVM Cuando el buen trato se vuelve excepcional: una alerta sobre la violencia en Chile Por estos días, Chile observa con conmoción una seguidilla de hechos de violencia en espacios educativos. No se trata de situaciones aisladas, sino de la expresión visible y preocupante de un fenómeno más amplio: la violencia social en sus múltiples formas. Quienes trabajamos en educación sabemos que, frente a estos escenarios, la primera reacción es la gestión de la emergencia: contener, resguardar, activar activar protocolos, coordinar equipos y acompañar a las comunidades afectadas. Son acciones indispensables, indispensables, pero no suficientes. La discusión pública se ha centrado en medidas inmediatas: mayor control, sanciones y dispositivos dispositivos de seguridad. Son necesarias, pero insuficientes. insuficientes. Operan sobre la urgencia, no sobre las causas. Contienen, pero difícilmente transforman. El problema no se limita a los establecimientos educacionales. Se relaciona con la normalización de distintas formas de violencia en la vida social. No existe una sola violencia. Hay manifestaciones simbólicas, culturales, estructurales e interpersonales interpersonales que no actúan de manera aislada, sino que se refuerzan entre sí. Lo que ocurre en una sala de clases o en un campus universitario refleja lo que ocurre fuera de ellos. Hoy convivimos en un entorno de alta exposición exposición a información, muchas veces no verificada, verificada, con escasas herramientas para discriminarla críticamente. A ello se suma un escenario en que referentes sociales, políticos y mediáticos reproducen reproducen prácticas de descalificación, polarización y confrontación. En este contexto, se vuelve difusa una distinción distinción esencial: la diferencia entre cuestionar una idea y descalificar a una persona. Cuando disentir se vive como amenaza, el espacio para el diálogo diálogo se reduce. La diferencia deja de ser parte de la convivencia y pasa a entenderse como conflicto personal. Esto no es menor.
Desde la psicología social sabemos que cuando se debilitan los espacios de reconocimiento y pertenencia, aumentan las respuestas respuestas reactivas, defensivas e incluso agresivas, no necesariamente por intención de dañar, sino por menor capacidad de tramitar la diferencia de manera constructiva. A ello se suma una dimensión institucional. Cuando las instituciones pierden legitimidad, se erosiona el marco de confianza que regula la convivencia. convivencia. Y cuando ese marco se debilita, emergen formas de relación más directas, menos mediadas, donde la agresividad encuentra menos contención. En ese escenario, la gestión de la emergencia se vuelve más frecuente y compleja. Equipos educativos que no solo enseñan, sino que contienen contienen crisis; comunidades expuestas a situaciones para las cuales no siempre han sido formadas; instituciones que reaccionan más de lo que alcanzan alcanzan a anticipar. La pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿ por qué como sociedad nos está costando tanto el buen trato? Hoy, conductas básicas como escuchar, respetar o colaborar comienzan a percibirse como excepcionales. excepcionales. En cambio, las microviolencias -ironías, descalificaciones, agresiones sutilesse integran con naturalidad en la vida cotidiana, e incluso se validan cuando refuerzan posiciones propias. Y esto tiene consecuencias. Las microviolencias no son inocuas: modelan las formas de relación, especialmente especialmente en etapas formativas. Lo que se repite, se normaliza. Y lo que se normaliza, se legitima. Por ello, abordar la violencia en los espacios educativos exige ampliar el foco. No basta con intervenir intervenir cuando los hechos ocurren. Se requiere una respuesta país, sostenida e intersectorial, que no solo reaccione, sino que construya. Esto implica fortalecer la educación socioemocional, socioemocional, desarrollar pensamiento crítico frente a la información, promover habilidades de diálogo y resolución de conflictos, y revalorizar el buen trato como un estándar cultural. Pero también implica algo más desafiante: revisar revisar nuestras propias prácticas cotidianas. Porque la convivencia no se construye solo desde las políticas políticas públicas o las instituciones, sino desde las interacciones diarias: cómo hablamos, cómo discrepamos discrepamos y cómo tratamos al otro. La pregunta no es solo qué está ocurriendo en los establecimientos educacionales, sino qué nos está ocurriendo como sociedad. Y si estamos dispuestos dispuestos a que el buen trato deje de ser una excepción excepción para volver a ser la base de la convivencia..