Editorial: Las Almendras
Editorial: Las Almendras urante años, la Villa Las Almendras de Chillán-o Las Habas, como aún la conocen muchosha ocupado espacio en las noticias casi exclusivamente por hechos policiales. Allanamientos vinculados al narcotráfico, homicidios, operativos masivos y decomisos han ido D consolidando una imagen dura y compleja de un sector que hoy aparece marcado por la delincuencia y la inseguridad.
A ello se suma el deterioro del entorno, con un sitio eriazo convertido en microbasural, presencia de rucos y constantes incivilidades que golpean tanto a los vecinos como a quienes ingresan a la ciudad por ese acceso. Sería irresponsable minimizar la gravedad de lo que ocurre allí. El tráfico de drogas existe, ha generado temor y ha deteriorado profundamente la convivencia. También es evidente que la configuración urbana del sector, con un pasaje cerrado y una sola vía de acceso, terminó favoreciendo dinámicas de control territorial y dificultando el trabajo preventivo. Las propias autoridades y expertos han reconocido que el diseño urbano contribuyó a transformar un conjunto habitacional pensado como solución social en un espacio vulnerable al delito. Sin embargo, tan peligroso como ignorar el problema de seguridad, es reducir toda la realidad de la villa únicamente a la delincuencia.
Porque detrás de cada operativo policial también existen adultos mayores enfermos, familias vulnerables y vecinos que no participan de actividades ilícitas, pero que viven atrapados bajo el peso de una estigmatización que parece condenarlos de manera permanente. Son personas que sienten que el Estado solo llega al sector cuando hay allanamientos o controles, pero que desaparece cuando se trata de apoyo comunitario, recuperación de espacios públicos o programas sociales sostenidos. Ese abandono es probablemente una de las claves más profundas del problema. Vecinos recuerdan que años atrás existían talleres, operativos de salud, actividades deportivas y espacios de encuentro comunitario. Algunas de esas iniciativas permitieron que jóvenes del sector ingresaran a la educación superior y construyeran proyectos de vida distintos. Eran señales concretas de integración social y de presencia institucional. Con el tiempo, esos programas desaparecieron y el barrio quedó cada vez más aislado, mientras el narcotráfico ocupaba espacios que el Estado dejó vacíos. La experiencia demuestra que los problemas complejos no se resuelven con soluciones simples. Los allanamientos son necesarios. La persecución al narcotráfico debe continuar y fortalecerse. El control policial resulta indispensable para devolver seguridad a los vecinos honestos que aún viven allí. Pero creer que la respuesta puede limitarse únicamente a la represión es desconocer la dimensión real del desafío. La recuperación de Villa Las Almendras requiere una intervención integral y sostenida. Urbanística, social y de seguridad. Se necesita mejorar el espacio público, recuperar el sitio eriazo, erradicar los microbasurales y terminar con los focos de incivilidad. Pero también se requiere presencia permanente de programas sociales, apoyo a familias vulnerables, actividades para niños y jóvenes, acceso a salud, educación y oportunidades laborales. La coordinación entre municipio, Gobierno, policías y organismos sociales no puede seguir funcionando de manera fragmentada o esporádica. El propio diagnóstico de autoridades y especialistas apunta a que este es un trabajo de largo plazo, que exige recursos, planificación y voluntad política. Y sobre todo, entender que no todos los habitantes del sector forman parte del problema. Villa Las Almendras necesita seguridad, sin duda. Pero también necesita oportunidades. Porque rescatar barrios no significa solo combatir delincuentes. Significa también recuperar comunidades, reconstruir confianzas y ofrecer alternativas reales a quienes aún creen que es posible un futuro distinto.. La experiencia demuestra que los problemas complejos no se resuelven con soluciones simples. Los allanamientos son necesarios. La persecución al narcotráfico debe continuary fortalecerse. El control policial resulta indispensable para devolver seguridad a los vecinos honestos que aún viven allí. Pero creer que la respuesta puede limitarse únicamente a la represión es desconocer la dimensión real del desafío. EDITORIAL