Autor: Alejandro Arros Aravena Doctor en Educación, Académico Departamento de Comunicación Visual UBB
El lenguaje del incendio y la respuesta del diseño
El lenguaje del incendio y la respuesta del diseño n Ñuble y Biobio el verano ha vuelto a hablar en el E idioma antiguo y terrible del fuego, un idioma que no concede pausas y que se despliega como un animal rápido, impredecible y ávido de territorio. Cuando el humo cubre el cielo y las distancias se desdibujan, el paisaje parece recordar su propia fragilidad y recordarnos también la nuestra.
Cada temporada trae consigo la misma escena de incertidumbre, la misma pregunta repetida en los ojos de las comunidades que habitan la frontera difusa entre lo urbano y lo rural, esa Interfaz Urbano Forestal donde las casas conviven con monocultivos, donde los caminos se internan en pinos y eucaliptos como si participaran de una coreografia antigua y donde basta un error mínimo para que la amenaza se convierta en tragedia.
Investigaciones recientes lo confirman, el factor humano está detrás del 99,7 por ciento de los incendios forestales en Chile, una cifra que funciona como espejo de nuestras omisiones, hábitos cotidianos y vacíos culturales frente al riesgo.
La región de Nuble lo sabe con dolor, hemos vivido esta catástrofe y casi las 21 comunas han visto cómo el fuego vuelve a instalarse con la fuerza abrasadora de los veranos secos, mientras en la región del Biobío, aún marcado por los incendios de 2023, las noches se llenan nuevamente de sirenas y cielos rojizos. Lo que arde no es solo el territorio, también arden las preguntas esenciales sobre cómo nos preparamos, cómo comunicamos, cómo orientamos a quienes deben evacuar en segundos.
Todo se vuelve más complejo cuando la urgencia supera la capacidad institucional, cuando la información llega tarde o llega en un formato que no dialoga con la experiencia real de las personas, cuando cada familia debe tomar decisiones en medio del ruido, del calor, de la desorientación. Y es precisamente en este escenario donde los aportes provenientes de la formación universitaria cobran un valor inesperadamente profundo.
Los estudiantes Constanza Paredes Baeza y Benjamín Fuentes Navarrete, guiados por quien escribe, más los académicos César Sagredo y Jaime Castro, desarrollaron un sistema de comunicación visual para gestionar el riesgo de incendios en zonas donde el bosque y arborización convivan con la población, sectores donde más del 75 por ciento del territorio está expuesto a esta amenaza creciente.
Su trabajo, guiado por un equipo académico, el cuerpo de bomberos e informado por entrevistas, diagnósticos participativos y análisis de campo, incorporó la validación con tecnología de seguimiento ocular, lo que permitió observar científicamente cómo las personas leen, interpretan y reaccionan ante materiales preventivos en condiciones que simulan el estrés de una emergencia. Gracias a ese enfoque, lograron traducir protocolos técnicos extensos en un lenguaje visual claro, directo y pensado para reducir la incertidumbre. En vez de entregar documentos densos o diseño con iconografía inequívoca, se propone disponer de mapas legibles incluso con humo en el ambiente y secuencias de acción que pueden comprenderse en milisegundos. Comprender cómo mira una persona bajo presión no es un detalle menor. Cuando el fuego se acerca, la visión de túnel estrecha el campo perceptual, el estrés disminuye la capacidad de lectura y la saturación de estímulos convierte cada instrucción en un obstáculo. En ese momento, la diferencia entre evacuar a tiempo o quedar atrapado puede depender de un color, una forma o un símbolo bien diseñado. El ojo humano interpreta antes de razonar y por eso la comunicación visual, cuando es rigurosa y sensible, se transforma en una herramienta de supervivencia.
Este proyecto estudiantil revela esa verdad con contundencia y la convierte en un aporte urgente para un territorio que vive bajo amenaza permanente, porque incluso en la emergencia más extrema, la claridad puede abrir una ruta y la buena información puede salvar vidas. Mientras estas regiones y otras que desafortunadamente comenzarán a enfrentar una nueva temporada de incendios, resulta inevitable reflexionar sobre la necesidad de una cultura de prevención que vaya más allá del mensaje institucional de emergencia. Se requiere alfabetización visual, ciudadanía informada y materiales que acompañan a las comunidades antes de que el fuego toque la puerta. También se requieren rutas señalizadas, mapas territoriales ajustados a la realidad local y un trabajo sostenido que involucre tanto a autoridades como a habitantes. La prevención no es una consigna, es una práctica cotidiana, un aprendizaje compartido, una manera de habitar el territorio con conciencia del riesgo y respeto por el entorno. Y aunque parezca contradictorio, este trabajo demuestra que incluso en medio del desastre puede surgir aprendizaje, comunidad y una renovada visión del diseño como servicio público.
Tal vez el fuego, con su presencia devastadora, está insistiendo en una lección que el país aún no asume del todo, no basta con apagar, también hay que anticipar, imaginar y redibujar la relación entre las personas y el paisaje que habitan. En esa tarea, el diseño y la comunicación visual, cuando se trabajan con rigor científico y compromiso territorial, pueden convertirse en el puente que une el conocimiento técnico con la acción ciudadana. Y es talentoso constatar que jóvenes estudiantes de nuestra región ya están ofreciendo herramientas que aportan en lo crucial, que es salvar vidas. Proyectos nacidos en las aulas de Chillán, construidos con sensibilidad, inteligencia y una comprensión profunda del lugar que habitan. Cuando el fuego se aproxima, no solo arde la vegetación, arde también el tiempo, la memoria y la posibilidad de aprender. Y en esa frontera extrema donde todo parece a punto de deshacerse, un sistema visual claro, validado y coherente puede ser la diferencia entre la desesperación y la decisión correcta.
En momentos así, el diseño deja de ser un ejercicio estético para transformarse en un acto humanitario, un gesto de responsabilidad colectiva, un lenguaje capaz de sostenernos cuando la naturaleza nos recuerda lo frágiles que somos.
Tal vez el fuego, con su presencia devastadora, está insistiendo en una lección que el país aún no asume del todo, no basta con apagar, también hay que anticipar, imaginar y redibujar la relación entre las personas y el paisaje que habitan. En esa tarea, el diseño y la comunicación visual, cuando se trabajan con rigor científico y compromiso territorial, pueden convertirse en el puente que une el conocimien to técnico con la acción ciudadana. Y es talentoso constatar que jóvenes estudiantes de nuestra región ya están ofreciendo herramientas que aportan en lo crucial, que es salvar vidas. Proyectos nacidos en las aulas de Chillán, construidos con sensibilidad, inteligencia y una comprensión profunda del lugar que habitan. Cuando el fuego se aproxima, no solo arde la vegetación, arde también el tiempo, la memoria y la posibilidad de aprender. Autor: Alejandro Arros Aravena Doctor en Educación, Académico Departamento de Comunicación Visual UBB.
Tal vez el fuego, con su presencia devastadora, está insistiendo en una lección que el país aún no asume del todo, no basta con apagar, también hay que anticipar, imaginar y redibujar la relación entre las personas y el paisaje que habitan. En esa tarea, el diseño y la comunicación visual, cuando se trabajan con rigor científico y compromiso territorial, pueden convertirse en el puente que une el conocimien to técnico con la acción ciudadana. Y es talentoso constatar que jóvenes estudiantes de nuestra región ya están ofreciendo herramientas que aportan en lo crucial, que es salvar vidas. Proyectos nacidos en las aulas de Chillán, construidos con sensibilidad, inteligencia y una comprensión profunda del lugar que habitan. Cuando el fuego se aproxima, no solo arde la vegetación, arde también el tiempo, la memoria y la posibilidad de aprender.