Autor: Ricardo Greene, Doctor en Antropología
Columnas de Opinión: Vientos de cambio
Columnas de Opinión: Vientos de cambio L a semana pasada visité un lof mapuche en la región, donde la señora Eli me recibió con hospitalidad.
Caminamos por sus tierras, tomamos mate en su ruca, paseamos por sus jardines y huertas, y me fue mostrando todo lo que hace para sostener la vida cotidiana, porque como dijo sin dramatizar, la agricultura no da. Artesanía, miel, gastronomía, turismo, cabañas, un poco de aquí y de allá para sobrevivir en un mundo rural asfixiado por las grandes transnacionales. Me llamó la atención que sus terrenos estuvieran rodeados por campos eólicos, de torres altas, blancas, alineadas, con hélices que giran con visión de futuro, así que le pregunté por ellos. El problema no son las torres, me dijo, sino que pagan buena plata por instalarlas, y la gente deja de trabajar la tierra. La escena resume muchas de las tensiones actuales del campo chileno. Un territorio que se moderniza, pero se vacía. Que se llena de infraestructuras, pero pierde tradiciones.
Que recibe inversiones, pero expulsa prácticas. ¿ Qué entendemos por desarrollo cuando producir energía o "paisaje" es más rentable que producir alimentos? ¿ Qué pasa con la soberanía alimentaria de un país que sólo produce entre el 40% de lo que consume? ¿ Y con las tradiciones, la identidad, el patrimonio vivo? Tampoco quiero idealizar lo que hubo.
Varias prácticas tradicionales generan impactos ambientales indeseados, y a eso se suman diversas formas de desigualdad -en la tenencia de la tierra, en las relaciones de género, en las condiciones laboralesque han limitado las posibilidades de un campo más justo y sostenible. En cualquier caso, el campo es cada vez más frágil. Una economía extremadamente abierta lo tiene a merced de vaivenes internacionales, que se sienten con fuerza en lo local. Hace apenas dos años, el precio de las papas aumentó porque la guerra en Ucrania interrumpió el suministro de fertilizantes. Un conflicto allá que dejó vacíos acá, cosa que hoy vuelve a pasar con Irán. A eso se suma una transformación generacional profunda: los jóvenes hoy buscan otros caminos, mejores ingresos y menos incertidumbre. Ya no quieren, o no pueden, dedicarse a la tierra como lo hicieron sus padres y abuelos. En esto, el Estado aparece poco y tarde. Los apoyos son fragmentarios, burocráticos, insuficientes. Tener una buena vida en el campo es un privilegio reservado a quienes concentran grandes extensiones: sin al menos mil hectáreas, dice Eli, todo se vuelve cuesta arriba. El pequeño productor, la economía campesina, las formas tradicionales de habitar y de producir quedan atrapadas entre discursos de modernización verde y una realidad que no alcanza. Si toda luz produce sombra, es importante pensar que incluso las energías limpias reordenan el territorio de formas que no siempre son virtuosas. Más que volver atrás, quizás debemos preguntarnos cómo abrazar el cambio sin desarticular las formas de vida que lo sostienen. Está bien que el campo se transforme, pero no descuidemos cómo y para quién. Autor: Ricardo Greene, Doctor en Antropología. C Columna