Autor: EL ALGODÓN
Columnas de Opinión: ELOGIO DE LA NATURALEZA
Columnas de Opinión: ELOGIO DE LA NATURALEZA El algodonero menudo, decorado de cosas mayores silenciosas, de sus bayas consumadas que no acaban de caer. El algodonero de los campos que hacen horizonte, capaces de vestir toda desnudez de pobre, con su voluntad junta las cuatro estaciones.
El puño cerrado del algodonero que está ordefiando a la tierra en leche profunda y que de pronto se abre, cansado del gesto, y deja caer su requesón absorto, que se para delante de la luz, la encuentra dulce y se queda en ella. Queda parado el algodón como una palabra retenida, y el cielo de Yucatán, y el aire de vaho lo palpan con parado deleite. El algodón daro que está entre los blancos desenfrenados con la nube tierna y los almidones musicales. Claros algodones que pueden alumbrar a la niña retardada en el plantío, hacia la noche, como una bujía redonda, uno en cada mano suya. El algodón claro que el terrón se mira con desconcierto, como se miraba Pedro pescador la palabra acertada que le venía a la boca para que convenciera. El algodón ligero, lo que el amor feliz pesa sobre el cogollo del corazón. Alarde de levedad de que se ríe la cosecha dura que puede con un árbol desarraigado. Elegancia del no ser advertido en la cuenca de la mano y de parecer en el canasto alzado un abrazo de aire. Le pesa al llano lo que el venado cuando corre y menos le pesa todavía el algodón a su rama. Unas bayas de algodón sin grosura, para los que llevamos metales a la espalda, como los mineros, metales de deber y de pena, y que nos hemos cansado. El algodón moreno, donde la niña criolla recoge su guedeja y se la acuesta en la falda y se la voltea. El algodón moreno que es el otro, metido en pasión como el higo, que es hebreo, y quemado sin llama. Con el algodón renegrido se hace la pañoleta más mimosa la india de Yucatán, que tiene siempre un bultito que le gime en el regazo encuclillado. Algodones oscuros, leales al color de la tierra y en los cuales ella se columpia, contenta de estar en el aire y de mirarse tendida abajo, con desdoblamiento burlón de yogui criollo. El algodón que contiene la piedad de Quetzalcóatl, atrapado en el paisaje como un gesto, cuando iba camino de la Guatemala. Quetzalcóatl mismo, parado con malicia pura en el campo de México, sin ganas de dejar la meseta de Anáhuac en que el aire es tan fino que ha debido hacer visible su aureola. El algodón redondo que es un resuello piadoso dentro de la llaga fea. El largo algodón de la venda parecido a la lengua del perro de Lázaro. El algodón de los hospitales, el santo algodón.
LA ESPIGA Extraña es la flor del cereal y sobre todo la flor espiga, rara en su mundo vegetal, donde flor quiere decir color diferenciado, una corola bien opuesta al tallo en forma, calidad de pétalos y olor; ella florece grano, o sea, pistilos. .. De este modo parece que el Creador Dios pensó en la espiga en harina y no en gala, es decir, que la pensó toda ella para la boca del hombre comedor de pan; tan rara como la flor espiga es el tallo espiga y la hoja espiga. Recién nacida todo eso verdea y madura; se pone a dorar o a pardear. A lo menos al tacto, no es dulce la espiga ni la pajuela del tallo lo es tampoco; por el contrario, ella es áspera y hasta bravía.
El trigo cubre la cabeza y la extremidad de la América; el continente está dorado en su comienzo y su postrimerla, es decir, en Canadá y la Argentina. ¿ Cómo habían de medrar las pobres espigas, Santo Dios, en país de frío acérrimo y auroras boreales que solo es paraíso para las bestias de pelaje? Es friolero el trigo, decían los antiguos, y las heladas acaban con el entumido, y antes de que crezca lo matan. Y eso se creyó hasta que no hubo más "el trigo" en singular, sino que una tribu de especies de trigos. Unos cuantos botánicos agrónomos, encandilados con la buena suerte del cruce en los animales, se pusieron a experimentar con estas otras criaturas.
Había que hallar una especie de trigo que madurase como quien dice "a marchas forzadas" en ese verano corto que asoma y se va, Buscando un trigo duro que resistiese a los parásitos sin ser liquidado por ellos, un tal Carton hizo dos viajes a Rusia, patria de la espiga más terca, y no solo halló en ella la persona cereal que resistiese las plagas, sino la que creciese de prisa, como urgida a la prisa y acabase su hazaña antes de que los hielos llegasen. El Canadá cereal se decuplicó; a grandes zancadas subiendo más y más hacia el norte. Los yanquis, mientras tanto, ensayaban con fiebre la hibridación y ayudaban el tesón canadiense.
De estos esfuerzos conjugados nació el príncipe de los trigos, el Manitoba, bautizado con el nombre de una provincia canadiense y que es hoy el mejor del mundo, pues ha vencido a su padre, el cereal ruso. Y allí está ahora la nación granero, la Rusia americana, que produce y consume, pero con tantas sobras como para ceder a Inglaterra y a Europa su fantástica cosecha. La obra del trigo llegó a la tierra de hielos, la pobre Laponia, embajada de blanco que nunca pensó en ver con sus ojos sesgados la palpitación del trigo en su reino de auroras boreales. La Rusia que prestó el favor de la semilla preciosa ha venido a cobrar su préstamo con réditos: también ella pasó a sembrar donde no lo soñaba, aumentando así su imperio de harina espigada.
Los Estados Unidos han llegado a multitudes de hectáreas de pan, continuando así la marcha histórica del trigo, que solo se quemará en allegándose al trópico sin que allí desaparezca, porque la verdad es que el trigo, como Dios, está en todas partes.
Saltado el trópico quemador de tallos y de barbas trigueras y trigueñas, las grandes faldas voladoras del trigo vuelven a aparecer en la Argentina y aquí se ensanchan cuanto cabe en el gran desahogo de la pampa, que no tiene otro atajo que la cordillera. Del mar a los Andes, todo es hierba, pero en realidad casi todo es trigo. La naturaleza hizo allí una verdadera cuna cereal y no hizo sino eso. La pampa argentina se rehúsa al bosque y apenas quiere árboles; su relativa templanza no se presta a cañaveral ni cafetales; tampoco ella es tonta como para regalonear los árboles frutales. En cambio, fue facilidad dichosa para GABRIELA MIES REGTO Selección por Rodrigo Marcone Corporación LatiSUR30 20 ATISUR dar trigo, que gustó en recibirlo y en criarlo a lo largo de semanas.
Pero, parece, sino que ella hubiese nacido con él, y no hay tal, pues hace no más que siglos, ella, la buena pampa, hormigueando de indios, no conocía a su Señor, daba maíz o daba pasto, y el calofrio grande del trigo no le había atravesado sus grandes lomos de tierra elefanta. Por cachorros y naves españolas, él llegó allí, curioso forastero que no extrañaría nada, aire ni limos europeos y allí se acomodo como si hubiese estado desde siempre, para no irse más. En los añlos magníficos, la Argentina, granera de ayer, produce el doble que la Australia.
De esta manera, con el ensanchamiento artificial del área triguera en Canadá y con el auge rotundo de la sementera argentina, la América nuestra, que no fue la madre del trigo, es hoy la matrona dispensadora del cereal.
También la América es en esto colombina, que muchas sorpresas ha dado: vino a hacer de ofertora de pan para el hombre blanco, que en un comienzo se creyó haber descubierto de este lado solo minas, sobre todo minas y esclavos, y que en siglos ha acabado por darlo todo: sementeras y hombres libres cortando el trigo.
Pues de ser ancha esta América y de tener sus suelos sin fatiga, sin hostigo de mucho abono y arando todavía con buey, a pesar de que ya compra bastante maquinaria, ella puede pagar bien a sembradores y cosecheros, y el trigo que esclavizó en Rusia, aquí ha liberado al hombre en pocos años, liberándolo de más en más. Textos Obra Reunida. Gabriela Mistral. Tomo V Prosa. Ediciones Biblioteca Nacional. OBRAS COMPLETAS DE GABRIELA MISTRAL Cuaderno VI NATURALEZA TRASCENDENTE Autor: EL ALGODÓN. " Columnista - Espacio de Opinión OBRAS COMPLETAS DE GABRIELA MISTRAL Cuaderno VI NATURALEZA TRASCENDENTE