COLUMNAS DE OPINIÓN: Un país más pobre pero más feliz
COLUMNAS DE OPINIÓN: Un país más pobre pero más feliz JUAN MARCOS HENRIQUEZ, DR.
EN CIENCIAS BIOLÓGICAS Un país más pobre pero más feliz La frase del senador Rodrigo Carter “quizás un país más pobre, pero más feliz” podría parecer un error, pero en realidad expresa claramente claramente la mirada política de los partidarios de José Antnnio Kast. Hay que recordar que Carter fue sondeado como posible ministro, ello permite interpretar sus palabras como parte del ideario colectivo colectivo que defiende este gobierno.
Por tanto, lo que plantea es algo más profundo y puede leerse como un proyecto en que el bienestar material no será el principal objetivo de la política pública y que, en nombre de ciertas condiciones (orden, seguridad, crecimiento), podría aceptarse un retroceso en medidas sociales (gratuidad, por ejemplo) o, incluso, la democracia. El problema de esta tesis no es solo su aplicación, sino los problemas que genera. Cuando terminó la dictadura cívico-militar el 45% de la población vivía bajo la línea de pobreza y cerca del 18% en extrema pobreza. Ese era el Chile real que la derecha hoy evoca con nostalgia.
En las dos décadas de la Concertación vivimos uno de los procesos de reducción reducción de pobreza más inéditos y significativos de nuestra historia, descendiendo hasta cerca del 15%. Este logro fue producto de una gestión que combinó crecimiento económico sostenido, políticas sociales progresivas, expansión del gasto público, mayor capacidad estatal para redistribuir oportunidades y un estricto apego a la responsabilidad responsabilidad fiscal, que hizo permanente los avances sociales. Por eso resulta muy inquietante que hoy, aunque sea de modo anecdótico, se reinstale la idea de que la pobreza podría ser un precio precio aceptable en post de otros fines políticos.
Esta preocupación va más allá de la frase de Carter y se refleja en el espíritu del programa del nuevo gobierno, y su apuesta por reducir el tamaño del Estado, recortar el gasto público (sin ningún análisis o criterio), bajar impuestos impuestos a las empresas y transferir responsabilidades sociales al mercado o directamente a las familias. Estas medidas finalmente buscar debilitar la cobertura pública que garantiza soluciones en salud, salud, educación o seguridad social. En la práctica, se traslada el costo a las personas y los hogares, agrandando las brechas entre quienes pueden pagarlos y quienes no. En esa lógica no es casual que en las primeras medidas del gobierno gobierno Kast se haya aprobado un acuerdo estratégico con Estados Unidos para explotar tierras raras en Chile. Estos minerales son vitales para la industria tecnológica global y representan una oportunidad oportunidad económica relevante para nuestro país. Sin embargo, se 0pta por mantener la lógica extractivista, donde gran parte de la riqueza se deja en manos de transnacionales, generando escaso valor agregado agregado y limitados beneficios sociales. Kast apuesta por un crecimiento económico sin una relación directa de bienestar para la población. Por eso la frase de Carter pega un “campanazo” alarmante, ya que se relativiza el bienestar de la ciudadanía que es el objetivo central de las políticas públicas. El bienestar implica condiciones materiales mínimas para que las personas vivan con dignidad y permite el desarrollo integro de la ciudadanía. Incluye tener ingresos suficientes para sostener un hogar, acceso oportuno a salud, educación de calidad, seguridad social para salud o vejez, vivienda digna y un entorno seguro y limpio. Estas son condiciones progresivas y medibles que los países han buscado garantizar garantizar mediante un Estado de Derecho o Bienestar. Por otro lado, la felicidad es algo subjetivo, ya que depende de factores particulares particulares como relaciones afectivas, salud individual, aspectos culturales o expectativas. Gente de escasos recursos y altos ingresos podrían tener niveles similares de felicidad; sin embargo, ello no elimina la disparidad de bienestar entre ellos y la falta de oportunidades de los más carentes. Por eso, la felicidad no puede reemplazar al bienestar bienestar material como objetivo en la política pública. Los gobiernos tienen como objetivo mejorar el bienestar y no prometer felicidad. Invertir este objetivo sólo sirve para justificar retrocesos sociales, bajo pretextos identitarios. La historia reciente reciente de nuestro País demuestra lo contrario, ya que crecimos cuando reducimos la pobreza, aumentamos los derechos sociales y fortalecimos fortalecimos el Estado para asegurar condiciones mínimas de vida. Olvidar esa lección por una promesa inmedible de “felicidad” no solo sería un error político, sino un retroceso histórico.. - - - -