Autor: CÉSAR BARRÍA LARENAS PROFESOR DE HISTORIA Y GEOGRAFÍA LICENCIADO & MAGÍSTER DOCTOR (C) PDHUDEC
Columnas de Opinión: Cuando el suelo enseña y la escuela olvida
Columnas de Opinión: Cuando el suelo enseña y la escuela olvida E n 1939, Chillán fue destruido en una de las tragedias más profundas de la historia reciente de Chile. En 1960, el sur del país volvió a estremecerse con el terremoto más grande registrado a nivel mundial. Y en 2010, una nueva generación experimentó-en carne propia-la fragilidad de habitar un territorio sísmico. Tres momentos distintos, tres escalas diferentes, pero una misma constante: vivimos en un país que tiembla. Sin embargo, a pesar de esta reiteración histórica, la memoria de estos eventos tiende a diluirse con el tiempo, transformándose más en conmemoración que en aprendizaje. Recordamos fechas, cifras y magnitudes, pero no necesariamente incorporamos esas experiencias como parte de una comprensión profunda del territorio que habitamos. La experiencia sísmica, que debería constituir un saber social acumulado, se fragmenta en relatos aislados, perdiendo su potencial formativo y su capacidad de orientar decisiones colectivas. El problema no es la falta de información. Chile ha acumulado conocimiento técnico, normativas y avances en infraestructura que lo posicionan como un referente en materia sísmica. Pero existe una dimensión menos visible: la memoria social del riesgo. Esa que no se mide en escalas de Richter, sino en la capacidad de las comunidades para comprender su entorno, anticiparse y habitarlo con conciencia. Sin esta dimensión, incluso los mayores avances técnicos resultan insuficientes, pues no logran traducirse en prácticas cotidianas ni en una cultura preventiva arraigada en el tiempo. Esta brecha se expresa con claridad en la forma en que se habita el territorio.
La expansión urbana en zonas de riesgo, la ocupación de suelos inestables o la escasa consideración de la historia sísmica en la planificación son ejemplos de cómo el conocimiento disponible no siempre se convierte en decisiones responsables ni en políticas sostenidas en el tiempo. El problema, por tanto, no es solo técnico, sino también profundamente cultural, social y educativo. En este punto, la educación escolar cumple un rol clave. A pesar de vivir en un territorio altamente sísmico, la formación de escolares no siempre logra traducir esta experiencia histórica en un conocimiento significativo. Los terremotos aparecen fragmentados en el currículum, como hechos aislados o contenidos descriptivos, desconectados de la vida cotidiana y del espacio vivido. Se enseña que Chile es un país sísSe enseña que Chile es un país sísmico, pero no qué implica habitar uno ni cómo esa condición ha moldeado nuestras ciudades, decisiones y formas de organización social. Se conocen sus causas geológicas, pero no siempre sus implicancias sociales ni sus efectos en la vida cotidiana. El desafío no es solo recordar, sino comprender. Integrar historia, geografía, ciencias sociales y educación ambiental para formar una ciudadanía capaz de leer su territorio. Porque los terremotos seguirán ocurriendo" aumentan o reducen la vulnerabilidad en el tiempo. Así, la experiencia histórica no logra consolidarse como aprendizaje colectivo ni como una herramienta útil para orientar la acción. El desafío no es solo recordar, sino comprender. Integrar historia, geografía, ciencias sociales y educación ambiental para formar una ciudadanía capaz de leer su territorio. Porque los terremotos seguirán ocurriendo. mico, pero no necesariamente qué implica habitar uno ni cómo esa condición ha moldeado nuestras ciudades, decisiones y formas de organización social. Se conocen sus causas geológicas, pero no siempre sus implicancias sociales ni sus efectos en la vida cotidiana. Tampoco se promueve una reflexión sistemática sobre cómo las comunidades han enfrentado estos eventos ni sobre las decisiones que Autor: CÉSAR BARRÍA LARENAS PROFESOR DE HISTORIA Y GEOGRAFÍA LICENCIADO & MAGÍSTER DOCTOR (C) PDHUDEC.