Autor: Natalia Piergentili Directora de Asuntos Públicos, Feedback
Columnas de Opinión: Mi amiga venezolana
Columnas de Opinión: Mi amiga venezolana da" no formaban parte de su vocabulario cotidiano. Su marco de referencia era otro: trabajar, enviar dinero, sostener a los suyos y seguir. En Venezuela estudió técnico en enfermería. En Chile no ha podido convalidar su título. Su instituto no le envía los documentos porque, al haber salido del país, es considerada una traidora. Así, mientras se discutía sobre si Venezuela era o no una dictadura ella cuidaba personas mayores, como a mi mamá, a quien asistió durante tres años, y sostuvo su mano cuando murió. No lo menciono como gesto sentimental, sino como un dato concreto: mientras se discuten equilibrios globales, hay miles de Ale que sostienen la vida de otros con trabajos invisibles, pero socialmente indispensables.
En medio de las noticias, de los análisis y de las declaraciones que abundan, ella me dijo algo que resume mejor que muchos informes lo que está en juego: "Para nosotros lo que pasa en Venezuela no es una discusión política, es una herida abierta.
Son años de familias separadas, de miedo, de no tener lo básico y de ver cómo el poder se puso por encima de la gente que ha sufrido demasiado". Pero esta no es solo la historia de Ale. Ella no es una excepción. Es parte de una diáspora de millones que comparten historias similares. Por eso, tan importante como la geopolítica, el derecho internacional y el rol de los organismos multilaterales, es en la ecuación la experiencia vital de las personas. No como un elemento accesorio, sino como una variable estructural. Las personas no viven los conflictos como categorías analíticas; los viven como miedo, rabia, o esperanza.
Desde ahí construyen juicios que no pueden ser desestimados desde atriles técnicos ni reducidos a meras "percepciones". No basta con analizar las posiciones desde marcos normativos o ideológicos; es imprescindible considerar el clima social y las trayectorias de pérdida y precariedad que influyen en cómo las personas interpretan y reciben los hechos políticos.
Integrar esas experiencias no supone validar todas las posturas ni suspender el juicio crítico, sino asumir un análisis más riguroso y realista, que reconozca que muchas interpretaciones -aunque resulten incómodas o no encajen con nuestras categorías ideológicastienen raíces profundamente humanas que merecen ser consideradas. Porque un análisis que no es capaz de convivir con ese nivel de complejidad termina siendo quizás moralmente cómodo, pero políticamente estéril. Debemos aprender que cualquier posición no se construye solo desde los conceptos, los tratados o los comunicados, sino también desde el reconocimiento de quienes han vivido la historia en el cuerpo, no en el papel. A le llegó a Chile con una mochila de sueños construidos a fuerza de trabajo y necesidad. Salió de su país con un objetivo: reunir dinero para pagar el tratamiento de cáncer de su mamá. Llegó a un lugar donde no conocía a nadie y donde las categorías de "derecha" e "izquierAutor: Natalia Piergentili Directora de Asuntos Públicos, Feedback.