LA CUMBRE ESPIRITUAL DE JAPÓN
LA CUMBRE ESPIRITUAL DE JAPÓN PA PA SRETUER SRETUER NATTACXELA LOIFNAITSIRC NATTACXELA NATTACXELA m a d a Explore-Shaba en el santuario Fujisan Hongu SenEn Japón, la primavera no es solo una estación: es un estado de ánimo De regreso, ya en tierra firme, el escenario cambió abruptamente. En la El Fuji no es una montaña especialmente técnica, pero sí engañosa.
Es, Fuji: re. com, donde uno puede ponerse en contacto con los mejores guías de cada país, los cuales están certificados por la Unión Internacional de Alpinismo (UIAA). A través de ella llegué a *Alex Cattan es montañista y autor de Ascender y trascender: La mística de las montañas.
Ha realizado tres expediciones al Himalaya (Gasherbrum 2001, Dhaulagiri 2003 y Nanga Parbat 2007) y otras en el Cáucaso, Europa y Sudamérica. gen, pero hoy la mayoría de los peregrinos llega en bus hasta la quinta estación e inician la subida desde allí. El día estaba despejado cuando estacionamos con Tao y comenzamos el ascenso. Pero arriba, la nube lenticular se veía amenazante. Ya a los tres mil metros, las condiciones recordaban a la cordillera de los Andes: exigentes, aunque de hecho, una de las cumbres más ventosas del planeta en su rango de altura.
Mientras buscaba información desde Chile, miraba sorprendido los informes meteorológicos: había días en que el viento alcanzaba los 100 kilómetros por hora, y las temperaturas mínimas en la cima eran de hasta 20 grados Celsius bajo cero. Con esas condiciones, el Fuji no era para nada un sitio para la improvisación.
La explicación no responde a un único factor, sino a una combinación precisa: la interacción entre la corriente cálida de Kuroshio y la fría de Oyashio, que cargan la atmósfera de energía; su condición de montaña aislada, sin barreras naturales; Tao, quien de inmediato me comenzó a hacer todo tipo de preguntas: ¿ tenía experiencia previa en montaña? ¿ Contaba con el equipo adecuado? Y sobre todo, ¿estaba en condiciones físicas de subir el Fuji en una sola jornada? Ese era el punto: fuera de temporada, los refugios están cerrados y solo se permite el acceso de visitantes a partir de las ocho de la mañana, con regreso hasta las cinco de la tarde. Quedarse en la montaña está prohibido y, con malas condiciones meteorológicas, puede ser bastante riesgoso. Es decir, para subir el Fuji, tendría que hacerlo a toda velocidad, en un mismo día. Tao lo había hecho cientos de veces. Y, pese a la incertidumbre, decidí asumir el desafío. compartido. Durante unas pocas semanas, el país entero se detiene ante el sakura.
Parques, riberas, patios de templos: todo se transforma en escenario para el hanami, esa práctica casi una liturgia laica en la que miles de personas se reúnen para hacer algo esencialmente simple: sentarse bajo los árboles y observar cómo las flores caen. No hay prisa. No hay meta. Solo hay contemplación. Y, sin embargo, en ese mismo paisaje emerge su opuesto. Donde los cerezos duran apenas días, el Fuji permanece siglos. Donde el sakura invita a detenerse, la montaña exige avanzar. Japón no solo se respira en sus ciudades vibrantes, se siente en el silencio sagrado del monte Fuji. Para el sintoísmo, el alma de esta nación, el Fuji no es solo una montaña: es la morada de un kami, una presencia divina que exige respeto. Allí, la naturaleza no es un objeto, sino un su exposición directa al océano y a sistemas frontales que avanzan sin contención. Un escenario complejo incluso para la aviación. Sin embargo, la tarde previa al ascenso, a fines de abril, el cielo se despejó y permitió ver su silueta completa. Hermosa. Simétrica, casi irreal. En la cumbre, sin embargo, flotaban nubes lenticulares las llamadas “lentejas” que para los montañistas funcionan más como advertencia que como ornamento. El viento se perfilaba como la principal preocupación. Como teníamos poco tiempo, Tao me había dicho que alojara en las afueras de Fujinomiya. Así, estaríamos más cerca de la carretera que nos conduciría hasta la llamada “quinta estación” del Fuji, ubicada a 2.400 metros de altura.
Desde allí es la distancia más corta hasta la cumbre: son unos 5 kilómetros que, según los sitios informativos oficiales, se recorren en entre 4 y 10 horas (ida y vuelta), dependiendo del ritmo de cada caminante.
Existen otras cuatro estaciones más bajas en el Fuji: de hecho, el inicio de la ruta tradicional por Fujinomiya se encontraPor trabajo, mi esposa y yo cruzamos medio mundo dos veces al año rumbo a Europa y Asia. Aeropuertos que se confunden entre sí, salas de embarque sin memoria, hoteles que podrían estar en cualquier ciudad. Viajar, en ese contexto, deja de ser solo un descubrimiento y se transforma en una rutina medida en kilómetros acumulados. Aun así, cada vez que podemos intentamos abrir un espacio para la experiencia.
Fue en una de esas tardes de planificación cuando mi esposa propuso una idea que llevaba tiempo postergando: Aprovechando la primavera en el Hemisferio Norte, ¿por qué no nos tomamos unos días en Japón y vemos los cerezos en flor? El sakura, ese espectáculo que incluso inspiró a Akira Kurosawa Es de clase mundial. Mi respuesta fue inmediata, casi automática: Qué aburrido. Error táctico. Ella no juega a perder y en cuestión de segundos lanzó el anzuelo perfecto. Entonces podrías subir el monte Fuji, la montaña más alta de Japón. Tiene casi cuatro mil metros. Silencio. De alguna manera me estaba mandando a la punta del cerro pero eso para mí siempre ha sido una oferta muy difícil de rechazar. Así que, unas semanas después, partimos una vez más, y tras un largo vuelo desde Santiago, con sus correspondientes escalas, llegamos a Tokio. Y una vez allí, tomamos un tren rápido hasta la ciudad de Fujinomiya, una de las puertas de entrada tradicionales para subir el Fuji.
Finalmente estábamos allí, a punto de comenzar una aventura tan contemplativa como desafiante y que, al menos en mi caso, me pondría a prueba como nunca lo habría imaginado. ciudad de Fujinomiya, una parrilla encendida, carne chisporroteando y el ritual del yakiniku, como se le llama a la experiencia de asar cortes finos de carne y verduras, basado en el orden de la preparación y la etiqueta. Junto a mi esposa y Tao brindamos con sake.
Ella había logrado ver lo que buscaba: la floración de los cerezos, pero también otros de los grandes hitos naturales de Fujinomiya, como las cascadas Shiraito, unas caídas de agua de unos 20 metros de alto y 150 metros de ancho en las que el agua, cuando cae, crea finos hilos que parecen de seda. Precisamente, shiraito significa “hilos de seda”. El contraste no era físico, también simbólico. Durante siglos, escalar el Fuji no fue un deporte de aventura, sino un ritual de purificación. Quienes emprendían el ascenso no buscaban una medalla ni una foto para el ego; aspiraban a una metamorfosis, permitir que la montaña los transformara. Para mí, ascender es, en esencia, un proceso de introspección. Un viaje hacia adentro. Y eso no ocurre en la cumbre, sino antes: en la acumulación de fatiga, en el frío persistente, en la duda que aparece cuando el cuerpo sugiere detenerse.
Subir en una jornada de ocho horas, fuera de temporada, con el desfase horario todavía presente, deja de ser un logro deportivo y se transforma en una pregunta: ¿ Hasta dónde es posible exigirse? Al final, Japón nos propuso una paradoja de notable coherencia. Por un lado, el hanami: sentarse bajo un cerezo y aceptar que todo inevitablemente desaparece. Por otro, el Fuji: avanzar, con esfuerzo, hacia algo que parece inmutable. Entre ambos extremos se dibuja una forma más amplia de entender el viaje y, quizás, la vida: contemplar lo efímero sin resistencia y, al mismo tiempo, construir con disciplina aquello que puede perdurar. Mientras los pétalos caen, la montaña permanece. D templo vivo donde cada árbol, río y montaña palpita con fuerzas sagradas. Así que el plan era este: mientras mi esposa recorría la ciudad para ver los cerezos florecidos, yo iría a subir el monte Fuji, la montaña sagrada de Japón. A primera vista, el ascenso no parecía complicado: el Fuji tiene 3.776 metros de altura. Es decir, menos que muchas de las montañas que se pueden subir en Chile por el día. Pero cuando comencé a investigar, pronto empezó a quedar claro que el ascenso no sería una simple excursión primaveral. Las autoridades habilitan su acceso apenas durante unas ocho semanas al año, entre julio y septiembre.
De hecho, no es casual que exista una frase recurrente entre viajeros y fotógrafos: “El monte Fuji se deja ver solo ochenta días al año”. Más allá de la exactitud del número, la idea persiste: se trata de una montaña esquiva, muchas veces oculta tras las nubes. En temporada de verano todo está abierto: hay refugios operativos, menos nieve en la cima, y la ruta de ascenso se vuelve una actividad turística que se realiza en dos días, con pausas definitivas. El objetivo en esa época es el mismo: alcanzar la cima al amanecer, porque ver salir el sol desde el Fuji no es solo una imagen. Es, en cierta forma, una recompensa. Sin embargo, en primavera, el momento en el que estábamos ahora nosotros, todo es distinto. La montaña deja de ser postal y se convierte en territorio indómito. Sobre esto había conversado unas semanas antes de partir con Tao Ui, el guía local a quien contacté desde Chile y me acompañaría en esta aventura. Existe una plataforma online llafamiliares. La humedad, sin embargo, añadía una variable distinta: particularmente, nunca había estado en una montaña con estas características. Fría y ventosa en la cima, pero muy húmeda en sus laderas. Más arriba, el escenario cambió, sobre todo cuando nos comenzamos a adentrar en la nube. La temperatura bajó, la intensidad del viento aumentó y las partículas de hielo nos comenzaron a golpear el rostro sin tregua. Llevábamos unas cuatro horas de ascenso ininterrumpido cuando el viento dejó de empujarnos en una dirección: ahora nos golpeaba desde todos los ángulos. Aún nos faltaba una hora más para alcanzar la cima, pero caminar sobre la nieve se volvió inestable. Cada paso exigía un esfuerzo consciente por mantener el equilibrio. Nunca había sentido una tensión tan fuerte en la zona cervical: aumentaba a medida que los bastones y el piolet se convertían en puntos de apoyo imprescindibles. De pronto, ya no se trataba solo de avanzar, sino de resistir. Ver las nubes lenticulares desde la distancia es una cosa; estar dentro de ellas, otra muy distinta. Ese día, apenas diez montañistas intentaron el ascenso. Solo tres alcanzamos la cumbre. Finalmente, lo habíamos logrado. En medio del viento, pudimos llegar juntos la cima del Fuji y acercarnos a su cráter, que estaba todo bañado de blanco. Aunque el cielo estaba cubierto y solo podíamos ver unos pocos metros a nuestro alrededor, sí conservo una imagen inolvidable: la del Tori congelado. Resulta que en la cima del Fuji hay un templo Sengen, que es el corazón espiritual del coloso. Para llegar a él, los peregrinos deben cruzar un Tori, un arco de madera que actúa como frontera invisible entre nuestro mundo terrenal y lo divino. Y cuando subimos, este arco estaba completamente escarchado.
Una singular formación de hielo que se produce por las gotas de agua superenfriada se congelan instantáneamente sobre las superficies, debido a los fuertes vientos.. Subir el monte Fuji es considerado un viaje interior y de peregrinación para los japoneses. Pero intentar su cumbre en primavera, cuando en la ciudad florecen los cerezos y arriba hay nieve y vientos realmente tormentosos, puede ser por sí sola una experiencia trascendente. POR Alex Cattan*. EDICIÓN: Sebastián Montalva W. *Alex Cattan es montañista y autor de Ascender y trascender: La mística de las montañas. Ha realizado tres expediciones al Himalaya (Gasherbrum 2001, Dhaulagiri 2003 y Nanga Parbat 2007) y otras en el Cáucaso, Europa y Sudamérica. DIFICULTAD. El Fuji suele estar cubierto por nubes lenticulares. En la cima, el viento golpea en todas direcciones y puede alcanzar los 100 kilómetros por hora. SAKURA. La floración de los cerezos es una de las grandes atracciones turísticas de Japón y ocurre en distintas ciudades. Aquí está registrado en las calles de Tokio, tal como esta vista al atardecer del Fuji, que también se puede observar desde la capital. PASO. Antes de la cumbre se debe pasar por este tori, que hace de frontera entre el mundo terrenal y lo divino. SAKURA. La floración de los cerezos es una de las grandes atracciones turísticas de Japón y ocurre en distintas ciudades. Aquí está registrado en las calles de Tokio, tal como esta vista al atardecer del Fuji, que también se puede observar desde la capital. POSTAL. La ciudad de Fujinomiya es el punto de partida tradicional para hacer este ascenso, que suele comenzar desde la quinta estación del Fuji. Al lado, los cerezos. RUTA. El Fuji se suele subir en dos días, no en uno como lo hizo ahora Alex Cattan. POSTAL. La ciudad de Fujinomiya es el punto de partida tradicional para hacer este ascenso, que suele comenzar desde la quinta estación del Fuji. Al lado, los cerezos. SAKURA. La floración de los cerezos es una de las grandes atracciones turísticas de Japón y ocurre en distintas ciudades. Aquí está registrado en las calles de Tokio, tal como esta vista al atardecer del Fuji, que también se puede observar desde la capital.