Columnas de Opinión: El legado
Columnas de Opinión: El legado La columna de. .. JUAN MARCOS HENRÍQUEZ, DR. EN CIENCIAS BIOLÓGICAS Al terminar un gobierno siempre es difícil y complejo mirar hacia atrás y evaluar lo que se hizo, sobre todo cuando recordamos las ideas y promesas que lo llevaron al poder.
Gabriel Boric no llegó a La Moneda como un político más de la transición, sino como símbolo de un quiebre generacional y de una izquierda que prometía "superar el modelo" y cerrar el ciclo abierto en 1990. Se instaló para cuestionar el neoliberalismo, impugnar la transición y marcar distancia tanto de la derecha como de la Concertación. Cuatro años después, la pregunta incómoda no es si su gobierno fue bueno o malo, sino si realmente intentó hacer los cambios que prometió o sólo administró medidas según el aplausómetro. Cuando fue diputado el énfasis de Boric fue muy distinto a lo que fue como presidente. Durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, Boric fue parte de una generación que criticó duramente a la centroizquierda por "administrar el modelo" y se propuso desplazarla. Si bien valoró algunas reformas, cuestionó los límites autoimpuestos, los acuerdos con la derecha y la falta de profundidad estructural. Desde el Frente Amplio se acusaba a la Nueva Mayoría de tibieza y falta de voluntad para tocar las bases del sistema. Con Sebastián Piñera fue aún más frontal. Denunció la represión durante el estallido social, criticó los estados de excepción, cuestionó el modelo previsional, la lógica de mercado en salud y el extractivismo. Su discurso de opositor se basaba en que Chile necesitaba cambios estructurales, no simples ajustes. Siempre bajo la idea de que el modelo estaba agotado. El contraste con su rol como presidente es evidente. Aquello que en la oposición parecía inaceptable (acuerdos amplios, gradualismo, concesiones al mercado), terminó siendo parte central de su legado como gobierno. Si uno revisa el programa original la distancia es notoria. No se terminó con las AFP, por el contrario, las fortaleció y el sistema de capitalización individual siguió intacto en lo esencial. No se creó un sistema único de salud y las Isapres fueron salvadas para evitar su colapso.
La empresa nacional del litio se transformó en alianzas público-privadas que prolongan el modelo extractivista (y en manos de Soquimich). Y la nueva Constitución, la gran promesa refundacional, naufragó en dos plebiscitos, consolidando la vigencia de la Carta de 1980 (con gran responsabilidad de Apruebo Dignidad). El presidente que denunciaba el "candado" constitucional terminó gobernando cómoda y sin resistencia dentro de él. Lo que antes era criticado como "administrar el modelo", pasó a ser descrito como responsabilidad y realismo. Lo que antes fue falta de voluntad ahora es "transformador". En síntesis, un Gobierno que es términos de tesis no fue ni fu ni fa. Aquí es donde las tesis históricas de la izquierda chilena quedan tensionadas.
La crítica estructural al neoliberalismo terminó matizada por el pragmatismo (con algo de entreguismo o falta de ideas). La apuesta por un Estado fuerte que reemplace lógicas privadas se tradujo más bien en un Estado regulador que estabiliza el sistema existente, pero de una manera menos efectiva y más improvisada comparada con la Concertación. El discurso anti-extractivista convivió con acuerdos estratégicos con grandes empresas.
Y la promesa de desmilitarización dio paso a la continuidad ininterrumpida del Estado de Excepción en la Araucanía (la mayor de las traiciones). La gestión de Boric no encaja en una izquierda anticapitalista clásica ni en un proyecto socialista transformador. Más bien se parece a una socialdemocracia pragmática, algo más cercano a la "tercera vía" y muy distante de la ruptura sistémica que inspiró su discurso hacia La Moneda. Esa es la contradicción central de su legado. El dirigente que en la oposición fustigó el gradualismo terminó practicándolo. El crítico del modelo terminó administrándolo con prudencia. El símbolo del quiebre generacional terminó pareciéndose, en muchos aspectos, a aquello que prometió superar. Para algunos, eso es madurez política y aprendizaje institucional. Para otros, es una claudicación que terminó debilitando las banderas históricas de la izquierda chilena. Su legado no es el de un transformador, pero tampoco el de un gobernante desastroso. Es el de una generación que creyó que podía doblarle la mano al sistema y descubrió que el sistema también dobla a quienes lo enfrentan, especialmente cuando no se estaba preparado. La inexperiencia, algo de infantilismo, la falta de convicciones y mucho desorden marcan sin duda la gestión. Y en este contexto, las grandes tesis transformadoras quedaron, al menos por ahora, pendientes..