Editorial: El giro de Iansa y sus efectos en el agro del centro sur
Editorial: El giro de Iansa y sus efectos en el agro del centro sur El primer remezón llegó en septiembre de 2020, cuando Iansa cerró su planta de Los Ángeles tras 66 años de operaciones. Fueron 121 trabajadores directos, cerca de 200 temporeros y una cadena de agricultores remolacheros que debieron reorganizar sus vidas de un día para otro. La promesa de entonces fue que la remolacha de la zona podría seguir llegando a la planta de Chillán, con el flete pagado por la empresa. Un amortiguador parcial para un golpe que marcó un fuerte impacto en esta zona. Este miércoles llegó otro remezón. Iansa informó que para la temporada 2026-2027 no contratará remolacha. Su planta de San Carlos procesará azúcar cruda importada, porque así lo exigen los bajos precios internacionales y la presión de costos.
La empresa habla de "flexibilidad productiva". Para Jorge Guzmán, presidente de la Federación Nacional de Remolacheros es "un cierre definitivo para la producción de azúcar nacional", con tres generaciones de remolacheros y 73 años de historia.
Fue la remolacha la que trajo el riego tecnificado a los campos chilenos, la que modernizó la maquinaria, la preparación de suelos y los sistemas de cultivo, tecnologías que luego se traspasaron a todos los demás rubros. Perderla no es solo perder un cultivo: es fracturar una rotación agrícola que ordena la producción de toda la temporada. Las consecuencias para la industria agrícola de la provincia de Biobío son de una magnitud que aún es difícil de calcular en su totalidad. La remolacha no era solo un cultivo más en la hoja de planificación de los agricultores: era el ancla económica de toda la temporada. Con ella se pagaban créditos, se financiaban las siembras de trigo y maíz, se sostenía la operación de talleres mecánicos, empresas de transporte, distribuidores de insumos y agroquímicos. La cadena de valor que se mueve en torno a este cultivo involucra a decenas de pequeñas y medianas empresas locales que hoy también quedan en suspenso, sin que ningún comunicado corporativo las mencione. Para las familias que han vivido de la remolacha durante décadas, el golpe es aún más profundo. En muchos casos son productores de segunda y tercera generación que heredaron no solo la tierra sino el oficio, el conocimiento técnico y el vínculo con Iansa como único comprador garantizado. Ese modelo de agricultura de contrato les dio certeza durante años: precio referenciado, asistencia técnica, fecha de entrega. Hoy esa certeza se evapora, y no existe en el horizonte cercano un cultivo alternativo que ofrezca las mismas condiciones de estabilidad. Reconvertir una explotación agrícola no se hace en una temporada ni con buenas intenciones: requiere tiempo, financiamiento y acompañamiento técnico.
Desde Biobío hacia la zona centro sur, donde históricamente se ha sostenido esta actividad productiva, los impactos no tardarán en hacerse visibles en los campos, en las rutas y en cada eslabón de la cadena que hoy queda en suspenso.
Más allá de los diagnósticos iniciales, serán las consecuencias concretas, ya sea en el empleo, en la reconversión forzada y en la economía local, las que pondrán en evidencia una realidad que trasciende a un cultivo. =.