Autor: Javier Andronico Cangana La Estrella
Cuando la burocracia mató mirando a la Plaza Colón
Entre septiembre y octubre de 1973, el edificio más moderno de Antofagasta en ese entonces, se transformó en máquina de exterminio. En el sótano de la Intendencia torturaban, en el segundo piso ejecutaban, en el cuarto había delaciones. Hoy, mientras la vida administrativa continúa allí con sus diferentes servicios e instituciones, las agrupaciones de Derechos Humanos luchan para que sea declarado oficialmente Sitio de Memoria. Hasta hoy tengo problemas al oído, y todo por el golpe que me dio". Hilda Alfaro, presidenta de la Comisión de DD. HH de Tocopilla EL EDIFICIO REPRESENTA UN EJEMPLO DEL IDEARIO MODERNISTA, INSPIRADO EN LA TRANSPARENCIA, QUE, PARADÓJICAMENTE, SERÍA EN 1973 UN CENTRO DE DETENCIÓN, TORTURA Y GESTIÓN AUTORITARIA.
Cuando la burocracia mató mirando a la Plaza Colón LA HISTORIA ESTRELLA U na fuerte frase se escucha: "¿ Así que tú eres el que bloqueaste el paso a los vehículos militares?". La pregunta rebotó en las paredes de la oficina del segundo piso de la Intendencia de Antofagasta. No parecía un centro de torturas. Afuera, el sol de septiembre brillaba tenue; adentro, Joaquín Espinoza Ojeda, de 36 años, marinero de cubierta y militante socialista, se limpiaba la sangre del labio. "Fue un desperfecto, mi coronel. El auto se paró. Sólo me bajé a arreglarlo", respondería Joaquín, con la voz temblorosa. El coronel Adrián Ortiz Gutmann no lo escuchaba. Caminaba en círculos sobre el piso brillante, mientras el mayor Patricio Ferrer Ducaud condenado en octubre de 2024 a 12 años de presidio por este crimen observaba desde el escritorio. En la otra esquina estaba el cabo Miguel Ángel Lorca, también sentenciado por la justicia. La burocracia del nuevo Chile no tenía tiempo para explicaciones.
Según la reconstrucción de los hechos establecida por el ministro en visita Sergio Troncoso (Causa rol Nº 8-2011), Ortiz Gutmann quien falleció antes de recibir condena, pero fue identificado en el E fallo como quien dio la orden de disparar reaccionó con violencia ante la presencia del detenido. Testigos en el expediente confirmaron que el coronel lo insultó a gritos. Para la lógica paranoica de esos días, el desperfecto mecánico de Joaquín no era un accidente, sino un acto de sabotaje. La explicación de Espinoza se perdió entre los insultos y la orden de fuego. Joaquín intentaría levantar la vista, buscar algo de humanidad en esos uniformes. .. No encontró. Un golpe de puño le cortó el aire, pero Joaquín se mantuvo de pie. Según la verdad judicial, la orden de fuego fue inmediata. .. El estruendo rebotó en las paredes. No hubo juicio, ni derecho a una última llamada. En esa oficina diseñada para planificar el desarrollo de la región, la vida civilizada se quebró con disparos. Era el 15 de septiembre de 1973. El cuerpo de Joaquín Espinoza Ojeda quedó tendido en el suelo. No hubo desorden. No hubo caos. Aquel asesinato fue la inauguración de una nueva era. El edificio más moderno de Antofagasta en ese entonces, la Intendencia, orgullo de la arquitectura y la transparencia, acababa de transformarse. En apenas cuatro días, la maquinaria del horror de la dictadura se había echado a andar. TANATOPOLÍTICA Lo que ocurrió con Espinoza no fue un desborde irracional. Según explica el investigador asociado de la Universidad Bernardo O'Higgins, Dr. Damir Galaz-Mandakovic, fue un acto de 'tanatopolítica', es decir, la administración burocrática de la muerte. A partir del 11 de septiembre de 1973, la Intendencia dejó de ser el cerebro administrativo de la región para transformarse en su verdugo. Todo partía abajo. En 1959, los diarios celebraban que ese edificio tendría "el estacionamiento subterráneo más grande de Antofagasta". Nadie imaginó que esos 450 metros cuadrados de oscuridad serían la primera parada de la pesadilla. Héctor Maturana Bañados, quien hoy es vicepresidente de la Agrupación por la Memoria Histórica Providencia, lo sabe bien. Cuenta que el subterráneo dejó de guardar autos fiscales para recluir a personas. Fue el primer centro Hasta hoy tengo problemas al oído, y todo por el golpe que me dio". Hilda Alfaro, presidenta de la Comisión de DD. HH de Tocopilla Autor: Javier Andronico Cangana La Estrella. Cuando la burocracia mató mirando a la Plaza Colón de detención masiva de la ciudad apenas iniciada la dictadura. Allí abajo, el aire se volvía denso. No había luz natural, solo el eco de las botas y los gritos. De acuerdo con la investigación de Galaz-Mandakovic y los relatos de exprisioneros, el grupo de comando del Ejército se ensañó con los detenidos utilizando yataganes, palos y puños. La "normalidad" de arriba aplastaba a los que estaban abajo. Era un secreto a voces que retumbaba en el hormigón: en el mismo lugar donde se guardaban los vehículos oficiales, se destrozaba la dignidad humana. SEGUNDO PISO Subiendo las escaleras, el horror se disfrazaba de trámite. El segundo piso era el corazón administrativo, donde estaban las oficinas de mando y donde Joaquín fue asesinado. Pero el crimen no terminó con los disparos, continuó con falsedades impresas. Aquí es donde la maquinaria de la mentira operó con mayor eficacia.
Mientras el cuerpo de Espinoza era sacado del edificio, la prensa local imprimía la coartada: 'Activista muerto en la Intendencia', asegurando que fue una "acción suicida" y que había atacado "a golpes y mordiscos" a un oficial.
Los quioscos vendían normalidad y paz en diarios y revistas, mientras en la Intendencia, y por todo Chile, detenían, torturaban y asesinaban. "El gobierno de los militares asumió una función tanatopolítica al ejercer soberanía sobre la vida de los vecinos de Antofagasta, una 'decisión soberana sobre esa vida suprimible impunemente', identificando a ciertos grupos como 'enemigos internos' (. .. ) condenandolos a la tortura, homicidio y desaparición forzada", señala el estudio 'Una arquitectura moderna para inaugurar la gestión tanatopolítica en el desierto. La Intendencia como centro del horror en los primeros meses de la dictadura militar (1973)', de Galaz-Mandakovic. DELACIÓN Más arriba, en el cuarto piso, el sistema era más sofisticado. Era el lugar de la delación. Allí llegaban las listas negras, muchas veces escritas no por militares, sino por compañeros de trabajo o vecinos. Hilda Alfaro conoció esos pasillos.
Profesora tocopillana, viuda del alcalde Marco de la Vega, quien fue ejecutado tras el paso de la Caravana de la Muerte por Antofagasta, fue llevada hasta allí en diciembre de 1973 y recuerda el diseño perverso del lugar: un sistema de circulación donde los detenidos entraban por una puerta y salían por otra. El objetivo era evidente: que nadie se mirara a los ojos, que nadie se reconociera. Aislar para quebrar. En apenas unos días tras el Golpe, la humanidad ya era pasado. En una de esas oficinas, según su testimonio, la esperaba Carlos Desgroux, oficial de la FACh. Hilda asegura que no buscaba información, sino humillar, ya que casi no hubo preguntas, hubo un golpe. Una cachetada con la mano abierta, tan brutal, tan seca, que casi le reventó el oído izquierdo. "Creí que se me daba vuelta el mundo. Era una verdadera fiera ese hombre. Hasta hoy sigo con problemas al oído", relata desde Tocopilla. Pero el dolor de Hilda tenía una raíz más profunda que el golpe físico. El andamiaje del terror se alimentaba de la traición civil. Maturana documenta cómo, en casos como el del Liceo de Hombres, fueron algunos directivos y docentes quienes entregaron las listas de sus colegas a los militares. El sadismo burocrático tenía verdugos con uniforme, pero necesitaba ciudadanos dispuestos a señalar con el dedo, convirtiendo la envidia o el miedo en sentencias de tortura, muerte o desaparición. ENTREGA DE CUERPOS Pero si hay una imagen que resume la tragedia de esos días, ocurrió en las escaleras de la actual Gobernación Regional. Fue pasada la veintena de octubre, cuando el aire ya estaba cargado con la muerte que trajo la Caravana de Arellano Stark. Un grupo de mujeres, viudas recientes, intentaba subir. Buscaban saber qué habían hecho con sus maridos, hermanos y primos. En el camino, los militares las insultaban y trataban de impedirles el paso. Pero ellas no iban solas, sino que lo hacían acompañadas por un sacerdote.
La sotana negra y los llantos se abrieron paso hasta llegar al despacho del general Joaquín Lagos Osorio, quien dio la orden de entregar los cuerpos de los hombres asesinados en la Quebrada El Way, a escasos kilómetros al sur de Antofagasta.
Hilda Alfaro destaca ese mínimo gesto de humanidad en esos días oscuros: "En Antofagasta pudimos enterrar a nuestros seres queridos, algo único en Chile, porque no ocurrió lo mismo en las otras ciudades donde pasó la Caravana de la Muerte". Aunque, más que "humanidad", quizás fue cálculo: evitar que las familias buscaran indefinidamente y generaran más presión. POR MÁS MEMORIA Hoy, la exIntendencia sigue mirando hacia la Plaza Colón. Las autoridades regionales entran y salen. Todo avanza con normalidad. .. Pero las paredes tienen memoria. Gracias a la porfía de algunas personas hoy existen placas que rompen el silencio. En el segundo piso se lee el nombre de Joaquín Espinoza Ojeda. En la entrada, se recuerda el dolor que se vivió en todo el edificio. Sin embargo, las placas instaladas son, para las agrupaciones de Derechos Humanos, solo el primer paso de una reparación pendiente. Según detalla Héctor Maturana, la Agrupación Providencia mantiene una gestión ante el Consejo de Monumentos Nacionales con un objetivo claro: que la exIntendencia sea declarada oficialmente Sitio de Memoria.
El objetivo es resignificar el edificio, es decir, recuperar un espacio físico dentro de la actual administración para que convivan el trabajo cotidiano del presente con la verdad del pasado, garantizando así que las nuevas generaciones comprendan que la administración de la muerte no fue una abstracción teórica, sino una realidad de hormigón y sangre que no debe repetirse jamás.
La exIntendencia de Antofagasta ya no es solo un hito de la arquitectura moderna, es un testigo físico que nos recuerda que el horror no siempre ocurre en lugares oscuros y lejanos; a veces sucede en pleno centro, en las oficinas más iluminadas, mientras afuera la vida insiste en continuar. Y esa vida sigue, pero no olvida. Hilda Alfaro, a sus 87 años, ha decidido escribir sus memorias, porque al final, la batalla contra la 'tanatopolítica' la ganan quienes sobreviven para contarla.
Escribir, recordary definir como Sitio de Memoria los edificios que fueron utilizados para detención y tortura es la única forma de que el 'Nunca más' no sea solo una frase bonita, sino un muro contra el olvido y contra quienes insisten en que el horror fue justificado, sobre todo ahora cuando el poder vuelve a poner en duda la memoria histórica. @ Las pericias confirmaron que mi padre tenía dos impactos de bala en su cuerpo". María Espinoza, hija de Joaquín Espinoza Ojeda, asesinado el 15/09/1973 en la actual Gobernación Regional Autor: Javier Andronico Cangana La Estrella.
Las pericias confirmaron que mi padre tenía dos impactos de bala en su cuerpo". María Espinoza, hija de Joaquín Espinoza Ojeda, asesinado el 15/09/1973 en la actual Gobernación Regional FAMILIA ESPINOZA JUNTO AL GOBERNADOR REGIONAL Y DELEGADA EN CEREMONIA DE REUBICACIÓN DE PLACA EN MEMORIA DE JOAQUÍN. LOS OSCUROS PASILLOS DE LA EXINTENDENCIA REGIONAL